ColumnasOpiniónCalcio: Risorgimento

Anderson Ayala1 semana ago4227 min

Imaginemos esto: una persona nació en alguna provincia al sur de la península itálica, en cualquier año de la primera década del siglo XIX. En ese momento, el lugar en que nació no era más que algún pequeño poblado bajo la autoridad de un monarca. Otra persona podía nacer exactamente en la misma fecha, pero en alguna provincia del norte, regida por otro monarca. Y un último sujeto nacía en la región central, igual en la misma fecha, teniendo como autoridad principal al Papa. Esa era la situación político-administrativa de la península para inicios del referido siglo, casi como en una especie de feudalismo, pues el territorio que iba desde los Alpes hasta el Mediterráneo estaba conformado por diferentes reinos y ducados.

A partir de la tercera década de ese siglo y casi hasta el final, esa división comenzará a sufrir cambios, en el marco de un largo proceso de unificación conocido como “Risorgimento” (resurgimiento), por el cual los diferentes reinos se fueron anexionando, hasta dar con un único orden a lo largo de toda la península: el Reino de Italia. Ese proceso no se mantuvo al margen de guerras internas, y contó con la aprobación de muchas de las élites políticas y económicas de los diferentes reinos, guiadas en buena parte por el monarca Víctor Manuel II y por el político y militar Giuseppe Garibaldi. El Risorgimento culminó en la década de 1870, cuando se incorporaron Roma y Lazio, y es visto también como proceso de “reunificación”, considerando que ya el Imperio Romano había podido unificar a toda la península.

Volvamos a las tres personas imaginadas. Cada una pudo vivir de primera mano ese largo proceso, concretado cuando hubiesen alcanzado una edad avanzada. Esas tres personas, aunque nacieron en reinos diferentes -cada uno independiente de los demás-, se vieron inmersas en un gran proyecto de enarbolar la misma bandera, para construir una unidad política que propiciara consecuentemente una unidad social y económica, y dar así con un Reino sólido, cohesionado y capaz de insertar a sus habitantes en los mismos objetivos nacionales. Y es eso, precisamente, de lo que carece hoy el Calcio; lo que le falta para volver a la grandeza, tras una década de penumbras y decadencia internas.

Fútbol sin horizonte

Esta larga introducción sirve para señalar el contraste y la dualidad en que ha caído Italia, pues como República sigue unificada, pero con su fútbol en la misma especie de feudalismo referido antes. En el Calcio ya hace algún tiempo que no hay un proyecto conjunto, que involucre a sus sistemas de liga y a su selección en las diferentes categorías. Los clubes se han ido disgregando, cada uno en sus intereses económicos. Escasean los equipos que rescaten una idea o un estilo de fútbol, y aún más aquellos que se tracen objetivos a largo plazo. Los resultados de esto se ven en la selección, cuyos jugadores no resultan ser más que una amalgama de elementos heterogéneos. Por todo ello, la Federación Italiana de Fútbol debería repensar el fútbol local, y solo tal vez podría mirar a su pasado político para hallar en él una solución: reunificar a todos los clubes, instituciones y escuelas, y canalizarlas en un mismo objetivo común, una idea futbolística que apele a la esencia del Calcio y que revitalice la identidad de las ligas y de la selección.

Nada más hay que considerar una pregunta simple para hacerse una idea de la realidad: ¿Cuántos clubes en Italia producen jugadores a partir de una idea futbolística? En países como España o Alemania esto sí es visible, donde se tienen como ejes la posesión del balón y el juego dinámico de conjunto, respectivamente. En Italia, aunque inaudito, la única cantera que produce material año tras año es la de Atalanta, pero son esfuerzos individuales y aislados, y no insertados en una idea colectiva. El resto de clubes prefieren ir al mercado, pero salvo los grandes que cuentan con un presupuesto importante y pueden comprar jugadores de nivel, el resto acude a equipos de bajo perfil en ligas de Sudamérica o África, apostando muchas veces por jóvenes que acaban siendo de categoría B. El resultado: la liga va perdiendo calidad año tras año.

¿Quintaesencia o ausencia?

El norte parece haberse perdido desde que la selección ‘azzurra’ ganó su último Mundial en 2006. A pesar de que aquél año estuvo marcado de escándalos en la Serie A, el equipo nacional pudo llegar al título con la última generación formada en la quintaesencia del Calcio: la defensa férrea y, en un sentido más romántico, el juego con el corazón en la mano. El bloque defensivo de los equipos en Italia y de su selección siempre fue digno de admirar, como las murallas de Troya que nadie alcanzaba a traspasar. ¿Por qué se perdió ese fuerte? La respuesta podría resumirse en una oración, y es que se dejó de formar a jugadores jóvenes bajo ese concepto.

Aunque producto de la misma globalización del fútbol se fueron adquiriendo otros atributos, el perder esa esencia le significó al fútbol italiano quedarse huérfano. Esa idea central que sí se tenía clara en el pasado es la mayor ausencia hoy, sin que con esto se quieran enmarcar en ella las innovaciones en el juego que impusieron entrenadores como Arrigo Sacchi, Fabio Capello, Marcelo Lippi o, sin ir más lejos, Carlo Ancelotti, cada uno con un estilo diferente que rompía los moldes del momento. Por todo esto, se puede decir que al Calcio parece no quedarle más salida que propiciar el resurgimiento de su quintaesencia, y adaptarla a las nuevas exigencias y a los nuevos ritmos del fútbol en la actualidad. No quiere decirse que se retome una defensa férrea como único atributo, porque quedarse en un solo aspecto resultaría involutivo en este siglo XXI.

Risorgimento nazionale

Retomar el norte parece ser una prioridad que tal vez no ha entendido la FIGC (Federazione Italiana Giuoco Calcio). En la última década, la selección misma ha deambulado por las canchas sin una idea clara. El intento más notorio por tratar de darle un giro a su estilo de juego lo tuvo Cesare Prandelli, que buscó implantar el toque de control y posesión, pero a quien los resultados no le permitieron seguir. De ahí en adelante, Conte logró añadir el toque de la intensidad, pero tampoco le fue suficiente para alcanzar la cúspide, y más recientemente se vio con Ventura que la experimentación al azar fue un rotundo fracaso. No obstante, aunque ese fracaso hizo remover la cabecilla de la FICG, no bastó para generar un cambio en la manera de pensar el fútbol local, cosa que a todas luces confirma el nombramiento de Mancini.

Tal vez la única perla que ha logrado expulsar de su seno el Calcio recientemente la representa Maurizio Sarri, que entiende la importancia de la solidez defensiva y la intensidad de jugar “con el corazón en la mano”, pero que además añade matices de dinamismo en los pases, en las transiciones y en la gestación de jugadas. Sin embargo, más allá de Sarri no se ve un colectivo de entrenadores jóvenes que compartan esas ideas, con excepciones vieja escuela como Ancelotti o Allegri. Y el proyecto que requiere el fútbol italiano necesitará de varios nombres que entiendan una misma idea, y que sepan como trasladarla al terreno de juego.

Para la selección, en principio, esos nombres podrían hacerse cargo sucesivamente de las categorías inferiores; así se podría formar otra vez a toda una generación de futbolistas en el ADN ‘azzurro’. Pero como esto iría más allá de la selección, la prioridad es entonces reformar las bases y las estructuras actuales del fútbol italiano, y ello involucraría no sólo a los clubes de la Serie A, sino también a las demás divisiones del sistema de ligas.

La disgregación del Calcio ha generado una década de derrumbes y hecatombes en su liga, donde ya ni el AC Milan ni el Internazionale pueden tratar de emular lo conseguido la década pasada. La no clasificación al Mundial de Rusia no fue solo un fallo de Ventura, sino del fútbol italiano, que perdió su esencia y su eje central hace ya varios años. Por ello la liga está como la península itálica de la primera mitad del siglo XIX: con cada club ajeno a los otros, sin compartir un mismo propósito colectivo. Por eso es una necesidad el reunificar las estructuras, como ya se pudo hacer en el pasado, para insertar a los clubes y escuelas en unos mismos objetivos de formación a partir de un estilo, con lo cual se nutriría la misma liga, y de lo que saldría beneficiada la selección. Ese Risorgimento hace falta de nuevo, ahora en el fútbol, para encauzar al Calcio en un mismo orden y regresarlo a la grandeza, con su misma identidad de siempre.

Anderson Ayala

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