ColumnasOpinión#GraciasManu

Carta abierta para el mejor basquetbolista argentino de todos los tiempos.
Juan Pablo Gatti1 mes ago3715 min

Es difícil, lo sé. Hace unas horas tengo la computadora encendida pero no se me ocurre nada, y eso que en mi interior sabía que esta situación iba a darse en algún momento. De hecho, tengo que confesarte que hace años me vengo preparando para tu retiro, porque pensé que si hacía el duelo con anticipación, cuando llegara el bendito momento no me iba a golpear tanto. Que iluso fui.

Creo que no hay palabras para agradecerte por todo lo bueno que has hecho por el básquet argentino, porque tu figura siempre será más grande que lo que pueda describir un diccionario de la RAE. Entonces, por un momento tendré que quitar de mi mente el “ser periodista” para hablar con el corazón, ese mismo que pusiste en el parqué una y otra vez durante tus 23 años como profesional.

Voy a comenzar esta carta con ese momento que me unió a vos y a ese maravilloso grupo de jugadores que, con el tiempo, terminamos llamando Generación Dorada. Estaba por cumplir 11 años cuando se disputó, en Indianápolis, el decimocuarto Mundial de un deporte que particularmente no conocía, ya que apenas estaba descubriendo otras disciplinas que estaban por fuera del fútbol. No puedo decirte que estaba haciendo ese 29 de agosto del 2002 -me hago cargo de que la memoria no es tan detallista como me gustaría- pero sí puedo decirte que ese triunfo por 107-72 sobre Venezuela me transformó la vida. No se cómo ni por qué, pero desde aquel instante no pude no mirar a la selección argentina en cada torneo que disputara, sin importar el rival ni el horario. Porque en aquel magno evento disputado en la casa del baloncesto descubrí a un grupo de jugadores que se animaron a romper el status quo y desde entonces mi objetivo fue querer saber hasta donde podían llegar.

Pasaron Rusia, Nueva Zelanda, China y Alemania hasta que el 4 de septiembre se produjo el primer gran golpe sobre la mesa de esta escuadra: un 87-80 sobre los Estados Unidos que resonó a nivel global. Aun no comprendía la magnitud de semejante hazaña, pero mi piel se erizó con los comentarios cargados de emoción que venían de la televisión. Desde ese momento mis sentimientos se unieron a los de ese equipo tan especial, uno que, aunque ganase o perdiese (porque en un deporte siempre están en juego las dos posibilidades) siempre me iba a dejar algo.

El título se escapó de una manera un poco injusta ante la Yugoslavia de Bodiroga, Stojakovic y Divac (84-77) y de aquel día sí que recuerdo del dolor que sufrió esta patria bien futbolera, ya que ustedes habían logrado robarnos el corazón, poniéndolo en juego en cada bandeja, tapón o asistencia. Pensé que algo así no se iba a repetir. Repito: ¡Qué iluso fui!

Luego de ese paso vino tu (eterna) estadía en los San Antonio Spurs, equipo que se terminaría por convertir en la franquicia escogida por casi todo el país. Quizás hoy, con 41 años, comprendas el legado que dejas en la NBA, sobre todo para una Argentina que nunca había tenido la oportunidad de figurar en lo más alto del básquet. ¿Quién no se prendió para verte en algún partido, aunque tuviera que trasnochar? ¿Quién no saltó de su sillón luego de un euro step bien finalizado? ¿Quién no se quedó con la boca abierta luego de una de tus “palomitas” imposibles bajo el aro?

Cada partido en la mejor liga del mundo era una experiencia nueva. Era verte codo a codo contra los mejores jugadores del globo, pero encima era sentir orgullo al ver a uno de los nuestros estando a la par de esos monstruos, no detrás. Kobe Bryant, Michael Jordan, Jason Kidd, LeBron James, Yao Ming, Kevin Durant. Todos se rindieron ante tu juego y simpleza como ser humano. Pero siempre me sorprendió más ver el respeto que te tenían en tu propia franquicia, con un Gregg Popovich que incluso te daba vía libre para armar las arengas o las jugadas decisivas de los partidos. ¿De verdad me van a venir a decir que no marcaste una época luego de todo eso?

Leyendo cosas que ya se hayan dicho sobre vos para tratar de inspirarme me encontré con una frase de Mike Krzyzewski que enmarca mucho de lo que mi corazón siente en este momento: “no hay palabras. Es un jugador del Salón de la Fama y un competidor del Salón de la Fama. Es un competidor tan feroz como ningún otro que me haya enfrentado en mi carrera como entrenador internacionalNunca ha habido alguien completamente como él. No ocupa una posición, sino que puede jugar en todas y con el corazón y la entrega que ha demostrado, nadie puede representar a su país mejor que Manu Ginóbili. Fue un honor competir contra él. Todo nuestro grupo tiene el máximo respeto hacia él”. Todos sabemos que solo es cuestión de tiempo que ingreses en el Hall of Fame, aunque si llegaran a cometer tal injusticia el mundo mismo se encargará de ponerte allí.

Sigo escribiendo y tengo un nudo fuerte en el estómago y ya se me han caído un par de lágrimas al recordar tantísimas cosas: los cuatro anillos de la NBA (2003, 2005, 2007 y 2014), las participaciones en los All Star Game (que merecieron ser más que solo dos), el oro olímpico en el 2004 (del cuál no basta una simple carta para poner en manifiesto todo lo que generó en el país) y cada toque de magia que le ponías a los partidos, teniendo que admitir que tus asistencias siempre fueron una debilidad.

Se que no voy a hacerte honor con lo que estoy escribiendo y lejos está el ser este mi mejor escrito. Y es que cuando uno solo deja al corazón escribir seguramente cometa varios fallos. Pero esa era mi idea: la mente siempre intentó comprender tu grandeza, tanto como deportista como a nivel persona, pero incluso hoy que le dices adiós a las pistas sigo sin entender como hacías todo de la manera en la que lo hacías. ¿Era magia, talento, desfachatez, instinto, práctica exhaustiva? Seguramente haya mucho de todo, pero hoy quería hablarte con el corazón en la mano y decirte gracias, por tanto, porque si hoy soy periodista es por querer contar historias como la tuya o como la de ese equipo mágico que ahora se llama Alma Argentina. Porque sí, solo los grandes de verdad son capaces de llegar hasta lo más profundo de su ser. Y eso es impagable.

Y aquí estoy, ya sin poder contener mis lágrimas, pero feliz de haber recorrido este camino a lo lejos junto a uno de mis más grandes ídolos. Solo me queda desearte lo mejor y que sigas siendo tan bueno en lo que vayas a afrontar de aquí en más. Millones te estaremos agradecidos por toda la eternidad.

Gracias, de verdad.

Juan Pablo Gatti.

Juan Pablo Gatti

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Related Posts

http://thelinebreaker.co/wp-content/uploads/2018/07/TRANSPARENTE-150x150-1.png

The Line Breaker © 2017-2018 Copyright. All Rights Reserved.

Creative Commons License