ReportajesEl honor surcoreano

Juan Pablo Gatti1 mes ago5867 min

Corea del Sur había tenido que pasar por varios conflictos antes de lograr cierta estabilidad como país independiente en 1953, cuando la dividida península asiática logró el armisticio con su par del norte luego de tres años de beligerancias, siendo este el primer conflicto importante de la Guerra Fría. Corea, ocupada en 1945 por los Estados Unidos y la Unión Soviética, vio mermada su fuerza al ser partida en dos por el paralelo 38, asumiendo las dos mitades, luego de la Segunda Guerra Mundial, dos tipos totalmente opuestos de gobierno, aunque en ambos casos fueron dictaduras. Los sureños, pronorteamericanos, “abrazaron” el capitalismo de la mano de Syngman Rhee, mientras que los norteños se mantendrían como aliados del país comunista, estando bajo las órdenes del dictador Kim Il Sung, comenzando así un reinado familiar que continua hasta nuestros días. Si bien la guerra acabó en 1953 nunca se firmó un tratado de paz, por lo que, técnicamente, el conflicto se mantiene en pie.

Pero, sin dudas, el recuerdo que aún no cicatrizaba en Corea era el haber sido anexados al imperio del Japón en 1910, soportando en el proceso todo tipo de vejaciones inhumanas, como el robo sistemático de las cosechas, el perder sus tierras por parte de inmigrantes japoneses, matanzas indiscriminadas -las revueltas eran masacradas como si las personas fueran mero ganado-, el uso de armas químicas y bombas y hasta la violación de miles de mujeres por parte del ejército (las denominadas “mujeres de consuelo”). Incluso había alrededor de 70.000 coreanos trabajando de manera forzosa en Hiroshima y Nagasaki al momento de la caída de las bombas nucleares lanzadas por los norteamericanos.

Pero el conflicto entre ambos países no era nuevo. Luis Felipe Silva Schurmann, en su libro “El fútbol y la guerra. Entre balas y balones” narra que “desde tiempos medievales, Japón jugó un papel fundamental en la vida civil y militar de Corea. En 1592 el emperador nipón Hideyoshi preparó una invasión a China, por lo que solicitó el paso de sus tropas a los representantes de la dinastía Joseon (…) pero al ser Corea un fuerte aliado de la dinastía Ming, la cuál gobernaba China, decidió negarse a la solicitud de Hideyoshi. Por este motivo la guerra fue declarada tanto a Corea como a los gobernantes chinos”.

Este trance acabó luego de seis largos años, con la muerte de Hideyoshi, aunque la península coreana sufrió la peor parte: perdió el 66% de sus tierras cultivables, a la vez que tuvo que ver como los mejores médicos y científicos eran secuestrados y obligados a trabajar para el imperio del Sol Naciente.

Pronto llegaría el siglo XX y con él la búsqueda de poder de los nipones, quienes se estaban abriendo a la industrialización y, por ello, se convirtieron en un imperio, explotando a varios países continentales hasta terminar por anexarlos. Los japoneses utilizaron los recursos agrícolas de sus vecinos de manera indiscriminada, dejando morir en el camino a miles de coreanos. Cuando la península se dividió en dos la parte del sur mantuvo su odio intacto hacia los conquistadores.

La primera eliminatoria asiática

La Asian Football Confederation (AFC) se fundó el 8 de mayo de 1954 con la firma de 14 miembros fundadores, entre los que se encontraban, como no, japoneses y surcoreanos. Pero dos meses antes la FIFA debía buscar en el continente a un país para que fuera al Mundial de Suiza. Así, se realizarían las primeras clasificatorias mundialistas en la región.

En estas eliminatorias se anotaron solo cuatro países (era muy costoso para los países asiáticos el poder participar, debido sobre todo a los grandes costos de alojamiento, traslado y demás), los cuales fueron Israel, China, Corea del Sur y Japón. Lamentablemente, no se pudo ver en acción a la pujante y populosa India, esa de los jugadores descalzos y que fuera uno de los socios gestantes de la entidad continental, pero que no participó, al igual que de Brasil 1950, por falta de presupuesto -y no por el tema del calzado como se dijo durante tanto tiempo. El mundo, así, se perdió de ver a un verdadero gigante en un torneo mundialista.

Pero ese grupo de cuatro participantes se vería mermado con el correr de los días, ya que los israelitas decidieron disputar la eliminatoria en Europa (perdiendo, en el camino, los cuatro encuentros que jugó) y los chinos desertaron en desacuerdo con el sorteo de los grupos, por lo que la primera clasificación para un Mundial en Asia tuvo como contendientes a los dos enemigos acérrimos, hecho que hoy sería imposible de ver por el reglamento de la FIFA, en donde si bien se muestra como un organismo apolítico, en la práctica no lo es tanto.

La idea inicial sería que se jugasen partidos de ida y vuelta en ambos países, en donde lograría su boleto aquel que ganase la mayor cantidad de puntos (para decirlo de otro modo, si uno ganaba 5-0 no valía mucho si luego caía por 1-0, ya que en tal caso se debería jugar un tercer partido dando que no se pasaba por diferencia de goles), aunque desde este punto comenzaron los problemas.

El presidente surcoreano, Syngman Rhee, prohibió que el seleccionado japonés pise sus tierras, ya que las heridas del invasor seguían ardiendo con fuerzas. Pero, en cambio, aceptó que los dos encuentros se disputasen en Japón. Sí, el primer mandatario le estaba dando una ventaja importante a su rival en esta eliminatoria. Pero aún quedaba más. Rhee, como muestra Silva Schurmann, no le dio el mejor de los alientos a sus compatriotas: “prepárense para saltar al mar si pierden”. No obstante, lejos de amedrentarse por esta amenaza venida desde el interior, los Guerreros Taeguk viajaron con entereza a través del mar de Japón, sabiendo que tenían la chance histórica de vengarse de un pueblo que los humilló durante tanto tiempo.

Hazaña en tierras niponas

El 7 de marzo los nipones recibieron a su par surcoreano en un repleto estadio Meiji Jingu Gaien de Tokio. Y encima comenzaron ganando, ya que a los 16 minutos Ken Naganuma marcaría el primer tanto de la serie. Este jugador se haría célebre unos años más tarde, ya que bajo su presidencia los japoneses lograrían llegar a su primer Mundial, el de Francia en 1998. Además, sería vicepresidente del comité del torneo que se disputaría en sus tierras (y paradójicamente en las de Corea del Sur) cuatro años más tarde y fue dos veces entrenador del seleccionado de la tierra del Sol Naciente.

Pero los visitantes, lejos de amedrentarse, crecieron en intensidad, marcando posteriormente en hasta cinco oportunidades (Chung Nam-sik, Choi Kwang-suk, Sung Nak-woon y Choi Chung-min x2), hazaña conseguida en medio de un campo que estaba hecho un enorme barrial por culpa de la intensa nieve que cayó aquel día y el cuál sufrió aquel estadio de beisbol refaccionado para recibir estos encuentros.

No obstante, y aún con un 1-5 a cuestas, no todo estaba perdido para los japoneses ya que, como se dijo anteriormente, no importaba aquí la diferencia de goles sino la cantidad de puntos que se consiguieran en ambos cruces, por lo que los samuráis solo tenían que ganar para llevar la serie a un tercer y definitivo cotejo. En tanto, los visitantes no solo se jugaban el honor de todo un pueblo: su vida estaba en peligro en caso de no conseguir el objetivo.

Luego de una semana de extrema tensión llegamos al 14 de marzo y al mismo campo de juego en la capital japonesa, aunque esta vez serían los coreanos quienes harían de “anfitriones”. El entrenador Shigemaru Takekoshi decidió cambiar prácticamente a todo el equipo para la revancha, y parecía que esto daría resultado, ya que Toshio Iwatani lograba colocar a los suyos al frente en el marcador. Pero el “local-visitante” volvió a demostrar temple, valentía y juego para darle la vuelta al encuentro gracias a los tantos de Chung Nam-sik y Choi Kwang-suk, quienes consiguieron así que el segundo gol de Iwatani no sirviera de mucho.

Cuando el árbitro de Hong Kong -Haran- pitó el final, todo un país se quedó mudo. Sí, ellos, que habían pisoteado tantas vidas en su etapa imperialista, eran humillados y conquistados futbolísticamente por un rival que comenzaba a levantar la cabeza y mirar a su verdugo con los ojos encendidos.

Corea perdería ante Hungría por 9-0 y ante Turquía por 7-0 en el Mundial de Suiza, pero para este equipo el haber llegado hasta el país neutral ya lo era un título en sí mismo. Habían logrado un poco de paz interior luego de tantos años viviendo de calvario en calvario. Y sus jugadores, de paso, salvaron su honor y sus vidas. Ese tampoco era un premio menor.

Juan Pablo Gatti

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