ColumnasSkyhookUn bar con orquesta

Las orquestas transforman a los bares. Un buen trío sonoro ayuda a que cualquier templo de destilados pase de ser un sitio lúgubre para convertirse en una estilizada cuna del concubinato esporádico. La vibración de las cuerdas de un contrabajo que le pise los talones a la trompeta, que juega a ser Charlie Parker, transforma el whisky barato en ginebra instantáneamente. En asonancia con dicha idea, el público de un bar con orquesta no acepta que el energúmeno de cabello andrajoso y barba trasnochada rompa el sonido ambiente tácito del vidrio en tránsito y las risas de suburbio. Para ello, dicen entre murmullos, están los sitios con luces de neón parpadeantes, multitudes en constante fricción involuntaria y torres de sonido reventadas.

A menos de un mes para la próxima gran pelea, que buscará recuperar la confianza perdida del público boxístico eventual tras varios PPV con muchos bombos y poco despliegue deportivo, Óscar De La Hoya, quien preside la corporación Golden Boy y es el mayor accionista de la revancha entre Golovkin y Canelo Álvarez, ha captado, con la agudeza del otrora campeón que supo entender qué implica ser el producto, las percepciones de su público. Él, dueño y promotor de un bar con orquesta, sabe que las sensaciones de sus encorbatados clientes no son las mejores por el cambio repentino en el ambiente acostumbrado. Y que sus “stakeholders” duden, pone en tela de juicio el éxito, deportivo y comercial, de un combate cuya reedición fue pedida a gritos tras un empate técnico el año pasado que significó una de las mejores peleas de los últimos tiempos.

Una de las claves del éxito en la primera edición del combate fue el cómo lograron evocar ambos protagonistas algunos de los valores de antaño del deporte. Así como los bares con orquesta rememoran tiempos en los que dichos recintos eran la meca de las buenas costumbres, aunque los gánsteres que los frecuentaban acabaran en un fuego cruzado propio de una película de Scorsese, igualmente sucede en el boxeo, deporte en el que antiguamente existía un profundo respeto por el compañero de profesión, así después la rudeza de los ganchos de derecha contradijera el sentimiento expresado. El honor, el respeto y la gentileza que decoraron el ambiente del primer cotejo, se cambiaron por afrentas agresivas sobreexcitadas que han caldeado el entorno al punto de que el público dude de las diferencias entre este producto y la puesta en escena circense que fue el Mayweather-McGregor. Sí, así de mal.

Tras la postergación sobre la primera fecha para la revancha, el pasado 3 de mayo, la estrategia violenta de ambos está restándole valor al combate. El público quiere asistir a un bar con orquesta, y lo que está rodeando la previa del encuentro parece ser la acción del administrador de turno, recién contratado, que decide prescindir del gasto que significa el trío de Jazz y confiar la sonorización de su bar a manos de los parlantes y el ordenador.

El ruido que genera la falta de música en vivo, por la simple pérdida de la costumbre, se traduce en la desubicación espacial de dos de los clientes estrella, quienes empiezan a pelear entre ellos creyéndose en un bar común. Allí llegarían las declaraciones de Golovkin sembrando maleza alrededor del nombre de su contrincante, vociferando ante el público cuando este falló los controles antidopaje por consumo de clembuterol. Como respuesta a quemarropa, Canelo puso en tela de juicio los nombres a los que ha derrotado G.G.G. para forjar su historial de 38 victorias (36 por K.O.). La pérdida del respeto entre ambos y su riña verbal, que los medios ponen en la palestra por conveniencia, ha lastrado el producto y, de paso, sus nombres. En el bar los clientes empiezan a fruncir el ceño por los señores a los que el alcohol se les empieza a subir a la cabeza y ya se pelean de pie, solo separados por una diminuta mesa de madera. Se dibuja entonces progresivamente en sus rostros un gesto de desagrado por la pérdida de la orquesta y el repentino cambio en el ambiente. Por dentro, empiezan a sentir que, aunque no del todo, ya el recinto donde intentan trasegar su ginebra y reflexionar sobre las vicisitudes del amor se va pareciendo al bar ruidoso y atestado de gente. No han decidido irse, no aún.

De La Hoya ha aparecido en el momento justo, y ha decidido despedir al desubicado administrador. Tomando las riendas de su bar, ha pedido mesura a sus dos clientes estrella y ha contratado a una nueva orquesta para devolverle el prestigio a su local. Ese que tanto costó recuperar cuando la decepción tras el “Combate del Siglo” pululó entre el público deportivo general. La noruega Cecilia Braekhus en la percusión, el mexicano Jaime Munguía en el contrabajo y Román González, el nicaragüense conocido como “chocolatito”, en la trompeta, hacen parte del trío que intentará hacer olvidar a los tímpanos de la audiencia de que el redil sonoro alguna vez se contaminó de violencia verbal y tretas de bajo calibre disfrazadas de música. Ambos clientes estrella les deben a sus compañeros de borrachera elegante una disculpa por los perjuicios causados. Una disculpa que se traduzca, el día 15 de septiembre, en un combate para el recuerdo.

Daniel Hinojosa

Editor/corrector de estilo. Narrador por catársis. Amante de la luz titubeante, que emana del foco averiado, en el polvoriento y lúgubre camerino del perdedor.

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