LugaresMomentosEn cuerpo y alma

Juan Pablo Gatti1 mes ago4343 min

Existe una frase muy común entre los futbolistas que dice que uno no deja de ser jugador hasta el día de su muerte. Y si vemos, por ejemplo, a algunos entrenadores -no importa cuál sea su edad- nos daremos cuenta que algo de razón existe en tal expresión: siempre buscan, aunque sea de manera inconsciente, sentir el cuero bajo sus pies. Tienen una necesidad casi innata de mimar al balón como en sus épocas mozas, quizás porque gracias a ese simple gesto pueden obtener brevemente una regresión hacía su más tierna infancia, momento en el que solo se permitían soñar con el fútbol.

También se suele decir que, aunque el jugador ya no esté en activo, su espíritu seguirá jugando partidos por toda la eternidad, debido a que se habrá convertido en un recuerdo vivo que pasa de boca en boca por generaciones.

Pero hay personas que logran trascender el tener que estar retirados para sentir esta experiencia maravillosa y cuasi metafísica: que su espíritu juegue junto a ellos, formando un dúo letal al puro estilo Oliver Atom y Tom Misaki. Porque, siendo sinceros, ¿quién puede conocer más a una persona que su propia alma?

Son pocas las personas que han alcanzado tal nivel de grandeza. Pero rara vez se puede ver, en la misma semana, aquella extraña sensación de observar a un cuerpo moverse con tal libertad y naturalidad, como si detrás de él hubiera algún titiritero celestial manejando cada pequeña parte de su cuerpo.

Wayne Rooney (en Estados Unidos) y Andrés Iniesta (en Japón) son dos jugadores que han trascendido su propia época y que han dejado en claro que ellos siguen siendo futbolistas de un nivel inconmensurable, aunque haya gente que los critique por haber dejado las grandes ligas. Ambos han vuelto a deleitar al mundo gracias a su calidad, uno sirviendo un gol gracias a un centro y el otro convirtiendo el primero de su travesía por Asia.

Pero lo importante aquí no ha sido el “qué” sino el “cómo”. El inglés, absorbido por ese espíritu competitivo que siempre lo caracterizó, corrió y corrió para robar un balón y centrar desde lejos (¡en el minuto 96!), dándole así la chance a Luciano Acosta de convertir de cabeza el 3-2 final de su DC United ante Orlando City. A su vez, el español inició y cerró una jugada magistral –digna de su mejor momento– para poner en ventaja al Kobe ante el Iwata.

En ambos casos, su alma jugó un rol fundamental en los goles, ya que a esta altura de sus carreras se sabe que sus cuerpos no reaccionan como su mente quisiera; pero ellos, los eternos en vida, cuentan con una ventaja fundamental por sobre el resto de los mortales: han alcanzado un sexto sentido futbolístico, el cuál les permite descansar físicamente en momentos clave para darle las riendas de su ser a sus espíritus, esos que ya saben lo que es jugar de manera eterna, aún si el cuerpo que los porta sigue corriendo por las verdes praderas, rememorando su juventud cada vez que pisan el balón. ¿Cómo van a querer retirarse si ya con eso les alcanza para ser felices?

Juan Pablo Gatti

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