Detrás del muroSeriesSangre para lavar la afrenta

Juan Pablo Gatti3 semanas ago5817 min

Cuando la Segunda Guerra Mundial finalizó, los países vencedores se “repartieron” el mundo a su antojo. La Unión Soviética de Iosef Stalin aprovechó el triunfo para salir a anexar de a uno a los países de Europa del Este, sector que luego sería conocido por el mundo entero como la Cortina de Hierro. Entre aquellos estaba Hungría, que fue ocupada por el Ejército Rojo -quienes en 1947 ya habían implantado un gobierno comunista-, a pesar del rechazo de la población, que no se sentía a gusto con su poderoso vecino merodeando en el patio de su casa.

Luego de la muerte del dictador soviético en 1953 se abrió un período de “desestalinización”, en donde se fueron conociendo varias de las atrocidades que Stalin había realizado, a la vez que, entre otras cuestiones, se aprobó un nuevo plan económico y se concedieron amnistías a distintos líderes políticos aprisionados. Dos años más tarde comenzaría a funcionar el Pacto de Varsovia, un tratado militar y económico firmado por los países del Bloque del Este y dirigido, como no, por la URSS. Este pacto ataba a Hungría -y al resto de los estados satélites- a los designios del país comunista.

Los húngaros, sin embargo, no soportaron más esta situación opresora y es por ello por lo que fueron viendo de manera esperanzadora lo que iba ocurriendo en otros países cercanos. En primer lugar, Austria se declaró estado neutral en 1955, quedando al margen de la Guerra Fría, lo que le ofreció una ilusión a Imre Nagy, el mandamás reformador húngaro, de lograr ese mismo estatus. Poco tiempo después llegaría un levantamiento de los trabajadores polacos en Póznan, el cuál sería reprimido por el gobierno polaco, terminando con varios muertos y heridos, aunque esta situación provocaría que el nuevo régimen, comandado por Wladyslaw Gomulka, pudiera sentarse a dialogar con los soviéticos, obteniendo varias reformas.

Estos hechos (más la renuncia de Matias Rakosy, el denominado mejor discípulo de Stalin en Hungría) llevaron a escritores, periodistas y estudiantes a poder participar más en la política, lo que fue abriendo espacios de protesta para con las medidas implementadas por la Unión Soviética, derivando finalmente en lo que ocurrió el 23 de octubre de 1956, cuando lo que en su momento era solo una pequeña manifestación de universitarios se convertiría en un gran levantamiento en contra del gobierno de Budapest en particular y de la URSS en general. Se había llegado a la revolución, aunque la URSS, no podía permitir perder a los húngaros como les había ocurrido con los yugoslavos.

Si bien se pensó, luego de algunos días, que se podía lograr la anhelada autonomía, el 1 de noviembre de 1956, unos doscientos mil soldados cruzaron la frontera húngara y desde ese momento los tanques se convirtieron en bestias abrumadoras para las pobres almas del país. La revolución sería desmembrada de cuajo, aplastada brutalmente bajo el constante sonido de balas y cañones.

Competir en medio de la revolución

El waterpolo es uno de los deportes nacionales de los húngaros. De hecho, los magiares iban a viajar a las lejanas tierras australianas siendo los defensores del oro. Pero no iban a realizar el largo trayecto tan relajados como hubieran querido. El equipo se encontraba en un campo de entrenamiento en las montañas, cerca de la capital húngara, y desde allí podían oír los disparos y ver las columnas de humo, algo que sin dudas los dejó acongojados y llenos de odio y rencor. Este acontecimiento llevó a que muchos waterpolistas, al salir del país, hicieran la promesa de no volver, como les ocurriría a otros grandes equipos como los mágicos magiares de Puskas, Kocsis y Czibor.

Melbourne fue la primera sede olímpica al sur de la línea del ecuador, lo que provocó un cambio en el calendario de los Juegos. Estos comenzaron el 22 de noviembre y se extendieron hasta el 8 de diciembre, aunque para entonces todo el mundo había tomado conciencia de lo que ocurría en Hungría, donde la resistencia había sido prácticamente aniquilada, dejando en las calles más de 2.500 muertos, detenidos y miles de exiliados. Esto hizo que países como España, Suiza y Holanda desistieran de participar en desacuerdo con la política soviética, aunque curiosamente los húngaros, pese a todo, sí que lo hicieron.

Además, tanto la URSS como Hungría eran potencias deportivas, por lo que se sabía de antemano que sus atletas se verían las caras en varias oportunidades. Un ejemplo de esto fue lo ocurrido el 23 de noviembre, cuando el ucraniano Vladimir Kuts ganaría el oro en los 10.000 metros, por delante de Jozsef Kovacs, quien se negó a felicitar al campeón en la premiación. Aunque este y otros hechos serían completamente opacados con lo ocurrido en el deporte acuático.

Cómo llegaron al encuentro

El torneo de waterpolo contaba con diez países venidos de cuatro continentes (solo faltaba ser representada África), los cuáles en primera instancia se dividieron en un grupo de cuatro y dos de tres, de los cuáles los dos mejores de cada uno pasarían al round robin final por las medallas. La Unión Soviética logró sortear un durísimo Grupo A, en donde cayeron ante Yugoslavia (2-3) y derrotaron a Rumania (4-3) y Australia (3-0) para pasar de fase. Hungría, mientras tanto, demolió a Gran Bretaña (6-1) y Estados Unidos (6-2) en el Grupo B para conseguir lo mismo.

La ronda final consistía, entonces, de seis seleccionados de muy alto nivel que lucharían por las tres medallas en juego, aunque se debe destacar que eran las selecciones del Bloque del Este las que tenían las de ganar por su reconocida calidad. En esta instancia ya se contaba en la tabla de posiciones con el resultado del partido que disputaron los rivales que venían del mismo grupo, por lo que solo se jugarían cuatro encuentros más.

La anteúltima jornada pondría cara a cara a los antagonistas, aunque para llegar a ese momento de definición ambos tuvieron que superar diferentes escollos. La URSS, que no tenía tanto tiempo disputando este deporte, se había convertido en uno de los mejores conjuntos de los Juegos, demostrando que tenía jugadores con una gran entereza mental para afrontar los momentos más complejos de los encuentros. Así, lograron pasar por sobre Italia (3-2) y Estados Unidos (3-1), manteniendo vivas las aspiraciones de medalla. Por su parte, los húngaros siguieron arrasando rivales: Italia y la Alemania Unificada caerían por sendos 4-0, llegando al duelo con los rojos como líderes, un punto por encima de una Yugoslavia que había cedido sorpresivamente un empate ante los germanos.

La guerra submarina

Los húngaros tenían algo en claro desde el primer día: ellos debían derrotar a los soviéticos, sea como sea. “Sentíamos que estábamos jugando no solo por nosotros, sino por todo nuestro país” diría Ervin Zador, uno de los mejores jugadores que dio este deporte.

El clima en el Swimming and Diving Stadium era infernal. La comunidad húngara era bastante importante en Melbourne y muchos venían excitados de ver al ídolo Lazslo Papp ganar la medalla dorada en boxeo. Muchos incluso, ofrecieron dinero, empleos y hasta estadía para aquellos que quisieran desertar del país, haciendo que hasta 48 deportistas se quedaran en Australia, aunque luego muchos terminaran en los Estados Unidos, realizando distintas giras por el país americano.

El 6 de diciembre de 1956, se vivió un partido con una intensidad pocas veces vista en una piscina. Patadas, codazos, golpes. Todo se hizo con el fin de diezmar al rival. “Decidimos que debíamos hacer enojar a los rusos para distraerlos” contaría Zador, una estrategia llevada a cabo desde el minuto inicial.

Dezso Gyarmati, el capitán húngaro, recuerda que el encuentro fue muy difícil, aunque dentro de todo se estaba realizando en un marco de disciplina, aquello terminaría luego de que Valentin Prokopov le diera un artero codazo a Zador, cortándole por debajo del ojo. Este suceso terminaría de desencadenar la locura. «Le dije que se saliera de la alberca, pero no a donde estaba, sino que nadara a través de la alberca para ir a la tribuna con 8.000 personas» recordaría Gyarmati. La táctica del enojo había funcionado a la perfección.

Claro, Zador sangró tanto que dejó tras de si un reguero de sangre, lo que enfureció a los simpatizantes húngaros quienes, exaltados, comenzaron a gritar improperios y a escupir a los soviéticos. Tuvo que intervenir la policía para suspender un partido que, de seguir, hubiera acabado muy mal.

Sin embargo, Hungría ya había hecho su negocio: había ganado 4-0 y se les dio por válido ese resultado. El 2-1 ante Yugoslavia -sin su estrella- en el último encuentro les proporcionó la frutilla del poste: una nueva medalla dorada; mientras que la URSS se debería conformar con un tercer lugar. Zador contaría luego que estuvo llorando por Hungría en la ceremonia de entrega de medallas, «sabía que no volvería a casa». Muchos más lloraron con ellos en aquellos tumultuosos días. No habían podido ganar con la revolución, pero por lo menos sintieron como suyo el triunfo en el agua. Era una manera de sentirse superiores a los soviéticos, aunque sea por un rato.

Juan Pablo Gatti

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

http://thelinebreaker.co/wp-content/uploads/2018/07/TRANSPARENTE-150x150-1.png

The Line Breaker © 2017-2018 Copyright. All Rights Reserved.

Creative Commons License