Detrás del muroSeriesCuando Tito venció a Stalin

Juan Pablo Gatti4 semanas ago6277 min

La zona de los Balcanes ha sido, desde siempre, un territorio bastante hostil y convulso. Era una tierra en donde cualquier cerilla podía incendiarlo todo, como ocurrió el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando y su esposa fueron asesinados por el extremista Gavrilo Princip, precipitando de esta manera la Primera Guerra Mundial; aunque también habría otros hechos que acrecentarían aún más la mala fama del nuevo país formado luego de la caída del imperio austrohúngaro, como las distintas tensiones entre los nacionalismos existentes (sobre todo entre los serbios y los croatas) que llevaron a muertes como las de Stjepan Radic, líder del Partido Campesino Croata o la del rey Alejandro I por parte de guerrilleros búlgaros, fuertemente apoyados por disidentes croatas en el extranjero.

Pero Yugoslavia –“tierra de los eslavos del sur” en serbio-, pese a su reputación, era un bien sumamente preciado para Iosif Stalin, quién apoyó a los partisanos del Mariscal Josip Broz, un reconocido comunista que había sido uno de los fundadores de la Kominform, que era un organismo que se encargaba de intercambiar información y experiencias entre los distintos partidos comunistas, siendo la sucesora espiritual de la conocida Internacional Comunista, disuelta justamente por Stalin luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Pero la ayuda dada por los aliados y los soviéticos no fue tan necesaria ayuda para Tito, ya que este había logrado controlar la situación, liberando al país de los nazis y de paso asesinando a todo aquel que era considerado una amenaza para el país, logrando poner orden a un caldero hirviente, hecho que lo revistió con un aura muy especial, llevándolo, entre otras cuestiones, a desligarse de la Unión Soviética, mostrándose como un líder sólido e independiente, algo que generó muchísimo rencor en la alta esfera comunista.

Llegó un punto de tensión tal en el que Stalin y Tito ya no podían ni verse, porque el odio que sentían entre era visceral. Tanto es así que el líder comunista, desde Moscú, mandó a varios agentes secretos para que intentaran matar al nacido en Croacia, fallando siempre en su cometido. El líder yugoslavo, harto de esta situación, le envió una misiva (que puede leerse en el libro “El fútbol y la guerra” de Luis Felipe Silva) al georgiano bajo los siguientes términos: “deje de enviar gente para matarme (…) si esto continua yo enviaré a uno y no será necesario enviar a un segundo”. No se podía ocultar la animadversión que tenían.

La llegada a los Juegos Olímpicos

El deporte, para los países comunistas, era casi una cuestión de Estado. Se invertía una considerable cantidad de dinero no solo en fomentarlo, sino también en crear atletas de alto rendimiento, ya que sus líderes habían entendido (gracias, en buena medida, a las experiencias fascistas y nazistas) que los triunfos era una buena publicidad para ellos y sus gobiernos, más en épocas donde comenzaba a latir con fuerza la Guerra Fría. Y el primer partido de fútbol entre ambas naciones (el CSDA, actual CSKA de Moscú, había visitado Yugoslavia antes de finalizar el conflicto mundial) se daría en el certamen que más amarían estos países -por su globalidad-: los Juegos Olímpicos.

Finlandia recibía la edición de 1952 y los países socialistas buscarían aprovecharse de la ventaja que tenían sobre las demás naciones, ya que a los olímpicos solo podían ir los jugadores amateurs, algo que ellos solían camuflar muy bien, dado que se jactaban de tener “obreros” en sus equipos, algo que no era completamente cierto, ya que muchos si aparecían como trabajadores de fábricas o como militares, pero no cumplían tareas en sus puestos, o solo les eran asignadas pocas, para que pudieran dedicarse de lleno a los entrenamientos y a los partidos.

La Unión Soviética había sido reconocida por la FIFA poco antes de los JJOO, con lo que apenas si pudo prepararse con partidos oficiales. De hecho, su primer partido oficial sería el 11 de mayo ante Polonia (derrota 0-1), apenas dos meses antes del inicio del certamen a disputarse en Helsinki. Pero los rojos irían de menor a mayor, venciendo a los polacos (2-1) en la revancha y logrando luego un gran triunfo ante una Hungría que ya maravillaba al mundo. Yugoslavia, en cambio, era mucho más antigua como federación, aunque solo jugó un partido a modo de preparación (4-1 a Noruega). Así, ambos conjuntos viajaron a tierras escandinavas buscando ser vistas como una de las mejores selecciones del mundo. Pero nadie se esperaba lo que sucedería unos días más tarde.

Rivalidad de alta escuela

El 15 de julio, a las 19:00 horas, dio el puntapié inicial el deporte rey en los Juegos con la ronda preliminar -el torneo se disputaría a eliminación directa. Los muchachos de Tito no tuvieron piedad de los descalzos jugadores indios, a los que apearon con un contundente 10-1, en donde una de las figuras del equipo, Branko Zebec, marcó cuatro dianas. Mientras ellos se floreaban, los soviéticos prácticamente sudaron sangre para eliminar a una digna selección búlgara, gracias a los tantos de Vsévolod Bobrov y Vasili Trofimov en tiempo suplementario. Increíblemente, en la primera ronda se verían las caras los enemigos acérrimos que existían dentro de las propias filas del comunismo.

El 20 de julio en el Ratina Stadium de Tampere se disputó uno de los partidos más míticos de la historia del fútbol. Yugoslavia había comenzado ganando nada menos que 4-0 y luego se pondría 5-1, mostrando su fútbol asociativo y vistoso, ese que con el tiempo los haría ganarse el mote de los “brasileños de Europa”.

Sin embargo la URSS lograría, contra todo pronóstico, igualar el marcador faltando 14 minutos para finalizar el encuentro gracias a su estilo más sólido y directo. Cuando el árbitro inglés Arthur Ellis hizo sonar su silbato luego de los 30 minutos del suplementario, los aplausos no se hicieron esperar. Aunque quienes no lo hicieron serían justamente los líderes de ambos países, ya que sabían que lo que estaba en juego era más que un simple partido de fútbol.

  • Rajko MITIC (YUG) 29′
  • Tihomir OGNJANOV (YUG) 33′
  • Branko ZEBEC (YUG) 44′
  • Stjepan BOBEK (YUG) 46′
  • Vsevolod BOBROV (URS) 53′
  • Branko ZEBEC (YUG) 59′
  • Vassili TROFIMOV (URS) 75′
  • Vsevolod BOBROV (URS) 77′
  • Vsevolod BOBROV (URS) 87′
  • Alexandr PETROV (URS) 89′

Dos días después se disputaría el encuentro de desempate y la cobertura periodística del mismo crecería enormemente, siendo algo que no se solía ver en la época. Los jugadores salieron más nerviosos a este encuentro, ya que entendían las consecuencias que le podía ocasionar la derrota.

Esta vez comenzaría anotando la URSS, aunque la situación prontamente se les tornaría catastrófica, sufriendo una demoledora derrota por 1-3. La Yugoslavia de Tito había ganado y las personas salieron a festejarlo en las calles por todo lo alto, ya que este triunfo volvía a demostrarle al mundo que ellos no se doblegaban ante nadie, ni siquiera ante la poderosa Unión Soviética.

  • Vsevolod BOBROV (URS) 6′
  • Rajko MITIC (YUG) 19′
  • Stjepan BOBEK (YUG) 29′ (penal)
  • Zlatko CAJKOVSKI (YUG) 54

Para los yugoslavos los JJOO del 52 fueron pura alegría, ya que luego de este pleito eliminarían también a Dinamarca y a Alemania antes de caer de manera honrosa ante la Hungría de Puskas, Czibor, Kocsis y compañía. Stalin, en cambio, estaba furioso. En los medios hegemónicos no apareció nada que los periodistas rusos analizaron, ya que se consideraba a esta caída como una gran ofensa nacional. Pero, a su vez, hubo serios castigos: al entrenador Boris Arkandyev se le quitó su insignia de Meritorio Maestro del Deporte, mientras que el CSDA fue obligado a retirarse de la liga rusa y jugadores como Bashakin, Krizevski y Petrov fueron castigados con un año sin poder jugar. No se supo de nadie que haya terminado en Siberia, uno de los escarmientos más comunes en aquellos días.

La rivalidad entre Tito y Stalin duraría hasta la muerte del segundo un año más tarde, momento en el que los cargos al CSDA fueron levantados, haciendo que el club pudiera volver a jugar. Pero, hasta su fallecimiento en 1980, seguramente el Mariscal yugoslavo habrá guardado este triunfo como uno de sus recuerdos más preciados. Ninguno de los dos estaría el día en que sus dos países dejarían de existir, llevándose todo tras de sí, incluido el bendito fútbol y a dos de las mejores selecciones de la historia.

Juan Pablo Gatti

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