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Francia vuelve a la final del mundial doce años después, con una generación que utilizó el fracaso de 2016 para jugar como si tuvieran una misión: demostrar que pueden ser campeones.
Gabriel Hidalgo2 semanas ago4193 min

Volvieron. Francia jugará la final de la Copa del Mundo dos años después de perder la Eurocopa en casa, Didier Deschamps fortaleció su idea en un grupo preparado para mutar y tras seis partidos en Rusia sentimos un clamor popular: el mundial es una competición distinta que reafirma su condición cada cuatro años, el tiempo suficiente para hacernos olvidar algunos pensamientos. Por eso no suplicamos verlo más a menudo, la inminente resaca no tardará mucho en desaparecer. Habrá momentos de nostalgia partiendo de vestigios de alegría que nos hará comprender que no se juega igual. La selección francesa goza de una evolución significativa en un colectivo que demostró, en San Petersburgo, su capacidad para adaptarse.

Francia controló la semifinal ante Bélgica porque entendió los diferentes roles que tenía que asumir. Neutralizó a un equipo que si lo dejas correr luce imparable. Deschamps guarda el mérito de entender que debían cortar tanto los circuitos como los pases entre líneas, por eso defendieron en su propio campo. Antoine Griezmann descifró la necesidad de retroceder y dar salida ante la difícil tarea de Paul Pogba mientras Marouane Fellaini estaba en el campo. Hasta Kylian Mbappé entendió su rol en el planteamiento y aprovechó su velocidad solo cuando la dinámica se lo exigía. Raphael Varane y Samuel Umtiti capturaron a Romelu Lukaku mientras N’Golo Kanté perseguía a Kevin De Bruyne con la ayuda de Blaise Matuidi, uno de los jugadores más influyentes de esta victoria. La noche de Francia se basó en un plan inquebrantable que careció de ese orgullo que tanto exigimos. Ahí parte otra discusión sobre nuestras preferencias, pero nos lleva a la misma conclusión: este torneo se entiende a través de los detalles.

Luce absurdo reclamar un modelo de juego que omita las diferencias entre clubes y selecciones. Se exige la demostración de un dominio a partir de lo que Pep nos dejó a principios de esta década, se denigra cualquier otra forma de lograr el objetivo en un torneo en el que se aspira jugar siete partidos. La Copa del Mundo 2018 nos ha demostrado una paridad entre procesos que por su contexto social no pueden ser comparados, la inclinación al juego de posesión que impusieron los últimos dos campeones (España y Alemania) quedó obsoleta en Rusia: los equipos sacaron ventaja a partir de los detalles, teoría respaldada por la estadística de los goles a balón parado y como los países que trascendieron se encontraron en una perfecta sintonía dentro de un sistema que prioriza aquellas tareas que más daño le hacían al rival.

Francia vuelve a la final del mundial doce años después, con una generación que utilizó el fracaso de 2016 para jugar como si tuvieran una misión: demostrar que pueden ser campeones. El equipo de Deschamps juega como si debiera algo, transmite una sensación de querer lograr un objetivo que hace 24 meses se les escapó en casa. Impone un sistema de juego que no goza de muchos elogios, pero que se aplica a partir de lo efectivo que puede llegar a ser. Sus delanteros entienden la importancia de estar al mismo ritmo que el resto de sus compañeros. Un principio básico para que once personas dentro de un campo de fútbol se comprendan. Así llegó Francia a la final, en medio de una mutación que le permitió superar a cada rival. Contra Uruguay anularon la presión con una circulación de balón excepcional, algo impensado si querían vencer a la poderosa Bélgica de Roberto Martínez. Rusia 2018 demuestra, en sus últimos días, la importancia de los detalles. Quizás eso sea lo único que diferencie al campeón.

Gabriel Hidalgo

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