HistoriasLugaresNervios de acero

El hombre hubiera preferido no haber tenido que afrontar esa situación de nuevo, tan decisiva, pero no había caso. Hace unos días le había tocado definir el encuentro de octavos ante la correosa Dinamarca y él, impávido, solo se dedicó a meter el balón en la red con una facilidad asombrosa, como si el tener en frente a Kasper Schmeichel no le moviera ni uno solo de sus cabellos. Solo alguien con su calidad podía mirar al miedo de frente e igualmente meterle un derechazo al mentón.

Pero aquí todo era distinto. Sí, era nuevamente el último penal de la tanda. Y sí, lo esperaba nuevamente un gran arquero como Igor Akinfeev. Pero había mucho más en juego. Croacia se jugaba el pase a las semifinales, algo solo conseguido una vez en aquel lejano 1998, cuando cada triunfo reivindicaba a un pueblo que apenas comenzaba a caminar. Curiosamente, el jugador que llevaba tras de sí el sueño de millones de ajedrezados no nació en el país, sino en Suiza. Incluso esta situación pudo no haber ocurrido nunca, ya que Ivan Rakitić jugó para el combinado sub-21 de su país adoptivo entre el 2006 y el 2007, aunque (por suerte para el país balcánico) las raíces pesaron mucho más. Es increíble pensar que una sola decisión podría haber cambiado toda la ecuación, y que en vez de con Modric o Kramaric, el blondo del Barcelona hubiera tirado paredes en el Mundial junto a Shaqiri o Xhaka, otros hombres con raíces yugoslavas.

La marea humana en Sochi quería arrasar al surgido futbolísticamente en Basilea, lo quería presionar. Aunque muchos aún consideren que los penales son una cuestión de lotería, la cuestión es muchísimo más compleja, ya que hay muchos condimentos que hacen atractivo a ese momento, sobre todo si se debe realizar el disparo que puede decidir una serie. El arco se va achicando con cada paso que se da, el arquero se va convirtiendo en un gigante, el público puede jugar a favor o en contra y, luego, están los sentimientos más personales, esos que el jugador deberá gestionar para que no le jueguen una mala pasada. En una tanda de tiros desde el punto del penal no importa cuantos goles hayas convertido o si diste bien o mal un pase. En ese mundo aparte solo hay tres actores: el atacante, el portero y el balón. Y si uno no se hace amigo del tercero es difícil que tenga una oportunidad.

Rakitić llegó tranquilamente al área. El ruido de la gente se fue apagando lentamente hasta convertirse en un mero murmullo en su interior. En esos segundos previos él solo pudo hablar consigo mismo. Había tenido que sufrir varias decepciones con la casaca cuadriculada, pero él decidió no escuchar a la parte que le repetía eso. No, Ivan volvió a oír la misma voz que le decía que él podía hacer lo que quisiera dentro del campo de juego, porque para eso jugaba: para ser libre. No por nada la había descocido en cada club en el que estuvo. Pero, en esa pequeña charla mental, comprendió que había llegado el momento. Si había que dar un paso más tenía que ser ahora, porque mañana ya sería tarde.

El resto ocurrió a la velocidad de la luz. Rakitić apagó su voz mental y volvió a oír a las tribunas, pero ya era tarde para las miles de almas que anhelaban ver a su selección en semifinales. Croacia había pasado. Rakitić, el hombre más tranquilo del mundo, lo había logrado. Otra vez.

Juan Pablo Gatti

Católico, periodista apasionado, intento de podcastero y amante de esas historias que no se suelen ver. Veo al deporte como algo que va más allá del juego en si mismo.

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