RoomlightSeriesRoomlight: la caída

La historia define a los grandes equipos como aquellos que logran, de cualquier forma, superar la adversidad. Rusia pudo demostrar ser uno de esos equipos, pero el contexto los devoró.
Gabriel Hidalgo2 semanas ago3165 min

La memoria es una función cerebral que permite almacenar y recuperar información del pasado. Recuerdos. Un proceso interno que nos permite asimilar los diferentes objetos que posan al frente de nuestros ojos. La memoria condiciona nuestro pensamiento. Influye directamente en como actuamos ante diferentes situaciones. Es una base que recopila, purifica y crea líneas de conocimientos. El inicio de la toma de juicios y decisiones.

La tarde de aquel 18 noviembre de 2009 cargaba esperanza en el ambiente. Al menos eso reconoce el personaje que, tiempo atrás, se dio cuenta de su papel en una sociedad que aún paga los errores del pasado. Horas de muchísima tensión. Aún resonaba el grito del viejo Luzhniki cuando Diniyar Bilyaletdinov anotaba un doblete en el partido de ida. La euforia de una nación que ya sabía su destino: en poco menos de una década albergarían una Copa del Mundo. Por eso aquella velada en Maribor, cuatro días después de la victoria en Moscú, es recordada como una de las peores noches en la historia moderna del fútbol ruso.

No habían pasado ni dos años de la heroica participación en la EURO organizada por Austria y Suiza: Andrei Arshavin fue la cara visible de un equipo que sorprendió a todo el continente llegando hasta las semifinales de aquella edición. La confirmación de que veíamos una de las mejores versiones de la selección rusa en toda su historia debía llegar con una cuasi obligada clasificación al mundial de Sudáfrica. Su líder, quien contaba con pocos meses en el norte de Londres, era cara de una campaña publicitaria inigualable. Frank Lampard, Thierry Henry, Kaká, Didier Drogba y Lionel Messi lo acompañaban en una actuación al ritmo de Akon. Era una estrella mundial. Por eso el frío de la noche eslovena no era para temer. Rusia rodeó a su máxima figura con jugadores de primer orden: Roman Pavlyuchenko en el Tottenham, Yuri Zhirkov en el Chelsea y Pavel Pogrebnyak en el Stuttgart fueron algunos de ellos.

Lo que pasó esa noche sigue sin tener explicaciones concretas. Rusia se atemorizó por el aullido de tan solo doce mil personas. Eslovenia se topó con un equipo que no hizo en ningún momento lo que su entrenador, Guus Hiddink, prometió previo al partido: buscar la victoria y no defender el resultado de Moscú. Fue todo lo contrario. La sorpresa del fanático que se atrincheraba en su pequeña tribuna ante un público que gritaba un sentir muy claro detrás de sus consignas: apetecía cenar entre los grandes. Ígor Akinfeev no detuvo un desvío de Zlatko Dedič que apareció entre Vassili Berezutski y Sergei Ignashevic. A pocos metros del hincha ruso, se rompía el arco en cero de su selección. El grito estremecedor de todo un estadio que se sabía mundialista. El desconcierto de unos cuantos en el campo, que veían como se les escapaba el sueño.

La historia define a los grandes equipos como aquellos que logran, de cualquier forma, superar la adversidad. Rusia pudo demostrar ser uno de esos equipos, pero el contexto los devoró. La frustración fue evidente. Los segundos finales se tradujeron en un desconcierto total. Pensamientos nublados tras sentirse inferiores. Recurrieron a la jugada del último segundo, esa que suele dejarte con las manos vacías. El desespero que impulsó depender de un último recurso. A partir de ese momento se fundaron las mayores críticas para una selección que no se sostuvo en la élite continental por más de 17 meses. La debacle de una generación que perdía la oportunidad de jugar el mundial de sus vidas.

Casi un lustro después, fuera de Londres y sin opciones de volver a vestir la camiseta de su país, Andrei Arshavin confesó que aquella noche, en Eslovenia, cambió su vida para siempre. De ser una de las principales caras de una importante marca de refresco para el primer mundial en África, a ni siquiera poder jugarlo. Y así como el capitán de aquel combinado, varios otros futbolistas se quedaron sin la posibilidad de jugar una Copa del Mundo. La generación que deleitó a mediados de 2008 trastabilló en un contexto que dejaba un mensaje cruel: Brasil parecía, por aquel entonces, una tierra muy lejana. De la esperanza a la decepción. Las heridas del pasado le permiten disfrutar de un proceso más que inesperado. La memoria condiciona nuestro pensamiento. La memoria del ruso está, indudablemente, condicionada por aquella noche en Maribor. Y por eso vive horas felices. Con el recuerdo, poco nostálgico, de aquella caída.

Gabriel Hidalgo

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