HistoriasLugaresJuego, sudor y lágrimas

Quizás sea algo intangible, pero puede que, por fin, los belgas hayan encontrado ese "algo" tan necesario en la alta competencia. Quizás, ahora sí, puedan igualar al glorioso equipo del 86.
Juan Pablo Gatti2 meses ago5332 min

Minuto 52. El barco belga se estaba hundiendo antes de zarpar. Ahí estaban ellos, la mejor generación de la historia del país -los seleccionados desde niños- viendo como un grupo de obreros japoneses se imponían a base de robos veloces, como el mejor de los ladrones. Bélgica no jugaba mal, todo lo contrario, pero cuando Genki Haraguchi y Takashi Inui anotaron los corazones de medio mundo dejaron de latir. Y, mientras tanto, en el país de flamencos y valones el dolor servía de unión en medio de tantas luchas internas. Porque sí, ese que es tan diferente, siente esa misma angustia que uno.

Muchas veces los belgas depositaron esperanzas en su selección que luego no se correspondieron con la realidad, y parecía que ante los japoneses volverían a pasar por el mismo trance. Pero si algo caracteriza a este grupo es justamente su madurez mental luego de tantos golpes recibidos. La Argentina de Lionel Messi y Gonzalo Higuaín se encargó de romper los sueños de los jóvenes vecinos de Holanda en el 2014, aunque mucho peor fue el gancho al mentón que la Gales de Gareth Bale le propinó en la Euro del 2016, cuando supuestamente tenían un cuadro favorable para poder verlos en semifinales. Pero los verdaderos equipos, esos que forman época, son los que logran levantarse de cada caída para gritarle en la cara al rival que ellos al final triunfarán.

Luego de unos minutos de incertidumbre, donde Japón aguantó bien la llegada de la artillería a la base defendida con honor por Eiji Kawashima, Jan Vertonghen y Marouane Fellaini fueron el fuego aéreo necesario para derribar la muralla nipona. A esas alturas era un partidazo, un encuentro entre dos pesos pesado que ya va llegando a sus rounds finales y que luego de tantos intercambios ya solo se animaban a pegar de manera desbocada, intentando llegar de pie al toque de la campana. Para el espectador neutral era una maravilla digna de ser guardada en las retinas por siempre, como casi todo en este maravilloso Mundial.

Increíblemente la última jugada le quedó a Bélgica. Pases eléctricos desconcertaron a la férrea defensa asiática y lo que no pudieron hacer los pies mágicos de Eden Hazard o Kevin de Bruyne si lo concretó -luego de cinco maravillosos toques- el belga con ascendencia marroquí Nacer Chadli, ese que tranquilamente podría no haber estado en el Rostov Arena, dado que había jugado anteriormente con el país de sus padres, quienes habían soñado con tenerlo listo para la Copa Africana de Naciones que iban a albergar en el 2015. Paradojas de la vida, Marruecos se fue a casa sin meter goles en las dos primeras jornadas (lo que pudieron haberle valido para la clasificación) mientras que Bélgica logró un 3-2 heroico gracias a su pie.

Los diablos rojos de Roberto Martínez han demostrado que tienen el nivel necesario para ver a los ojos a la Brasil de Neymar. Tienen juego, calidad, toque, agilidad. Pero hoy han aprendido que el sudor, las lágrimas, el rechinar de dientes y el amor propio también hacen a un equipo. Quizás sea algo intangible, pero puede que, por fin, los belgas hayan encontrado ese “algo” tan necesario en la alta competencia. Quizás, ahora sí, puedan igualar al glorioso equipo del 86. En unos días tendremos la respuesta.

Juan Pablo Gatti

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