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El pitazo final anuncia la imprevisibilidad del fútbol. El marcador demuestra que, así como Prisioneros, en este deporte es menester mantener un grado de duda.
Juan Camilo Ortiz Villa2 meses ago3692 min

Un portugués mató a Irán, ¿quién podría haberlo hecho? Las incógnitas sobre la identidad, las irresueltas preguntas sobre quién tuvo la culpa, son elementos clásicos –no por ello en desuso- de un buen thriller. El inconveniente aparece cuando la fórmula se repite, quitando así el suspenso de un género que depende de él. La película Prisioneros (2013) ofrece un misterio basado en encontrar al asesino, cuyo juego de incriminación es solamente equiparable al del partido mundialista entre Portugal y la selección iraní.

Los espectadores de la contienda, siempre deseosos del gol, habíamos asumido el rol de investigadores y formulamos hipótesis sobre quién perpetraría la jugada. Fuimos los Keller Dover del filme de Denis Villeneuve. En el largometraje, Dover inicia una investigación extraoficial tras la desaparición de su hija, presuntamente producto de un secuestro. Al igual que el protagonista, caímos en conjeturas para adivinar el nombre del responsable de la eliminación de Irán, seducidos por los indicios recogidos en las actuaciones previas del equipo portugués.

Siguiendo las pistas nos topamos con el muchacho extraño del barrio. En el caso de Prisioneros, se trata de Alex Jones, que por una discapacidad cognitiva incurre en conductas anormales. Como para secuestrar se necesita una condición diferente, nos decimos, Jones se vuelve un sujeto fácil de acusar.

Asimismo, asumimos que el que marcaría el gol debía ser alguien con desenvolvimientos fuera de lo común. “Es simplemente más probable”, pensamos. El extraño al que primero señalamos es Cristiano Ronaldo, máximo goleador de Portugal, de las selecciones europeas, único anotador de su equipo en el Mundial con cuatro goles en dos partidos.

El partido y el filme nos persuaden de que es correcto señalar a estos sospechosos. Los movimientos de cada uno en su respectivo espacio solidifican el caso. Pero el largometraje y la contienda terminan por convencernos con un gran aviso de responsabilidad atribuido a los sujetos bajo nuestra lupa. En la trama del partido, fue un penal a ejecutar por el mismo Cristiano Ronaldo.

Era una prueba irrefutable, un puñal ensangrentado en la casa del acusado con sus huellas. Por lo menos, así parecía al inicio. El portero iraní atajó el penal y, cuando culminó la historia entre ambos bandos, nos habíamos quedado con un resultado que eliminaba a Irán, pero el ‘7’ portugués no fue quien cometió el crimen. La explicación, entonces, era otra: el asesino era Quaresma.

El pitazo final anuncia la imprevisibilidad del fútbol. El marcador demuestra que, así como Prisioneros, en este deporte es menester mantener un grado de duda. No diré si en el largometraje de Villeneuve hay un Quaresma o si el culpable es de quien siempre se ha sospechado, a modo de invitación para ver la película. Pero concluiré afirmando que el suspenso de esta obra cautiva a quienes gusten de la tensión. A final de cuentas, los thriller del fútbol los habrán preparado.

Juan Camilo Ortiz Villa

Redactor, aficionado al cine, amante del fútbol. Humano con la tendencia a corregirse y el privilegio de equivocarse.

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