ColumnasParadigmaVencer al sistema

Gabriel Hidalgo2 meses ago7464 min

El ser humano se rige en una sociedad que premia a aquellos que suman reconocimientos. Un planeta abocado a un sistema que busca crear máquinas dispuestas a triunfar por encima de cualquier otra cosa. Por suerte somos tantos que, existen núcleos dentro del mismo sistema que priorizan los valores y el buen sentido de las acciones. Esto no debe ser relacionado con un acto de igualdad social, sino con una consciencia limpia que respalde cada una de las decisiones que llegamos a tomar. El valor de construir mejores seres humanos a partir de eso que nos hace despertar cada mañana: la felicidad.

La Copa del Mundo es un evento que arrastra no solo al seguidor de un deporte que desde hace varias décadas se incrustó en la sociedad. El fútbol no sabe de religiones o creencias. Busca imponer un sentido de superioridad a partir de elementos icónicos, resguardados en leyes que no se cuestionan y en elementos que, desde pequeños, entendemos muy bien. El mayor orgullo que puede sentir una persona que arrastra todo lo dicho, es ver a su país en una cita mundialista. Somos tantos que, muchos jamás han sentido eso. Otros prueban el sabor de la globalización desde hace poco y otros llamados afortunados, lo viven desde épocas ancestrales.

Dentro de ese orden, están los que tienen la dicha de haber visto a su país consagrarse en lo más alto del planeta, también los que por más que se fogueen en la cámara de los lords están muy conscientes de que sentirse los mejores del mundo, no es para ellos. Y están los intermedios: aquellos que cada cuatro años pueden permitirse soñar, producto de grandes historias en el pasado que rozaron con la tierra prometida. Portugal, que se preparó para que el nuevo milenio fuera el momento clave para concretar lo que en el pasado siglo, no pudieron, está en ese limbo.

El fútbol es de los futbolistas, dicen muchos. Convertirse en el mejor del mundo pasa por juntar a aquellos que en un determinado momento, pueden hacer más que su rival. Este deporte nos ha enseñado que eso, no es sinónimo de contar con los jugadores mejor pagados, aunque tampoco podemos negar que, es estar un paso más adelante. En la Portugal que se consagró campeona de Europa en Francia a mediados de 2016 no abundaban los mejores del planeta. Es un país que a lo largo de su historia ha basado sus esperanzas en personalidades puntuales. La casi consagración de Eusebio en 1966 o la aún más cercana de Luis Figo en 2004. En esto de ejemplificar la manera de jugar al fútbol en una persona, han sido buenos.

No cabe duda alguna de que Cristiano Ronaldo, en ese orden cronológico, es el sucesor. También se convirtió en el más ganador: ser el vigente monarca europeo le da un respaldo a su figura que muchos no tienen y que, por todo lo que significa, será recordado como uno de los puntos más altos de su historia. El tema pasa por la percepción de una sociedad que se despierta cada mañana buscando la felicidad dentro de un sistema que te incita a triunfar. Su figura se extiende a muchas otras facetas de esta estructura: hasta aquel que repudia todo lo que tenga que ver con fútbol, lo conoce. Y con esa diferencia existencial entre la gran masa que habita este planeta, surgen diferentes formas de entenderlo.

En una Copa Mundial, las abrumadoras diferencias se reducen al máximo: una nación de 300.000 habitantes es capaz de igualar ante una bicampeona del mundo, o incluso un país con -gran- tradición futbolística y enorme reconocimiento regional puede imponerse ante el vigente campeón. Las historias que se desarrollan en ese mes repleto de fútbol, nos dan una esperanza a todos aquellos que no nos rendimos ante una maquinaria económica que hace décadas, agarró el timón de este deporte. Pero hay personas que lo ignoran por completo. Rebeldes dispuestos a imponerse sea cual sea la situación: para ellos no existen leyes ni diferentes formas. Solo hay una que, con el paso del tiempo, les ha traído reconocimientos.

Cristiano Ronaldo llegó a Rusia con la sombra de ser campeón. Nunca antes se había citado en el evento más importante de este deporte de tal forma. La consolidación de una idea, criticada y alabada, que le ha traído éxitos incontables. Un personaje que se deja querer y por sobre todas las cosas, entendió su papel en la sociedad que día a día marcha sin parar. Llegó a Rusia para seguir haciendo lo que desde finales de la década pasada, hace mejor que cualquier otro: brillar. Es su mundial. Un momento para esquivar prejuicios y alabar la figura de alguien que entendió, casi de manera impredecible, como ganar. 

Gabriel Hidalgo

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