El Ruido del SouffléSeriesCorrer en la sombra

Daniel Hinojosa2 meses ago7884 min

En sus inicios como banda, cuando se esforzaban por sobresalir en la difícil escena del rock de principios de los años 70 en California, Van Halen trasegaba por patios, garajes y bares semivacíos en los que la gran atracción era la cerveza, ingerida en cantidades industriales, y la música interpretada cada noche pasaba a un segundo plano. A pesar de ello, los hermanos Álex y Eddie empezaban a situar sus nombres en boca de la comunidad musical underground. Para que el hermano menor, Eddie, no tuviese que cantar y pudiera dedicarse a ejecutar la guitarra, adhirieron al grupo al tipo de extensa melena rubia que les alquilaba el sonido para las presentaciones, un tal David Lee Roth.

Las sólidas actuaciones de la banda, conformada por los tres mencionados junto al bajista Michael Anthony, hicieron que aquellos bares semivacíos se convirtieran en recintos agolpados de almas que esperaban para presenciar la prodigiosa percusión de Álex Van Halen, las excentricidades de Lee Roth y, sobre todo, los alucinantes solos Eddie. Nunca una guitarra había sonado así, con aquel furioso ataque de notas enlazado a un efecto melódico profundo y amplificado. Con curiosidad y malicia, varios guitarristas de la zona asistían a los recitales de la banda con la esperanza de ver de cerca a aquel joven del que se rumoraba que movía los dedos por el mástil como una araña descendiendo por una pared a velocidad centrífuga, aplicando una técnica hasta entonces poco conocida, y que después sería ampliamente imitada, llamada “tapping”. Eddie, buscando contrarrestar a la competencia y esconder su talento para llegar a los estudios de grabación, tocaba de espaldas al público, en la sombra del escenario cerca a los amplificadores. Así, el genio sacó ventaja de sus antagonistas y, valiéndose únicamente de su primer álbum con Van Halen, adquirió el estatus de deidad de la guitarra.

Romelu Lukaku jugó en el debut de Bélgica como Eddie Van Halen les jugó a los guitarristas que eran su competencia y trataban de robarle la fórmula de la Coca-Cola. Incesantemente, Román Torres y Fidel Escobar, quienes lideraban la retaguardia de Panamá, buscaron reducirle las posibilidades de correr a sus espaldas, en la alargada sombra que generaban por el radiante sol de Sochi, para coartarle aquellos movimientos de diagonales largas de los que Romelu suele extraer petróleo. Sin embargo, él está acostumbrado a jugar así, de espaldas para esconder su talento. En su infancia, de la que relata episodios de extrema pobreza en los que vio a su mamá rendir la leche con agua y pedir pan prestado para comer, debía darle la espalda al hambre, a las ratas que pululaban por su diminuto apartamento y al inclemente frío con el que debía ir a practicar de madrugada por no tener agua caliente en casa, todo para que dichos factores no mermaran el fútbol que brotaba de sus botines remachados.

Tardaron una eternidad, pero sus compañeros, liderados por las embestidas de Hazard, De Bruyne y Mertens, lo vieron escondido, como un niño pequeño en cuclillas, tras la espalda de la zaga panameña, y a partir del minuto 60, cuando lo asistieron al espacio con precisión, Romelu atacó la espina dorsal de Torres y Escobar con la fiereza del depredador nato, ese por el que José Mourinho desea que Bélgica no supere la fase de grupos. Después de darles la espalda todo el partido, aprovechó los espacios que ofreció la zaga canalera, en su cometido de darle vuelta al marcador adverso, y los dejó sembrados cual hombres de paja en un cultivo de maíz; se despidió de ellos y no lo volvieron a ver. La progresión en el torneo por parte del conjunto de Roberto Martínez dependerá, entre otros factores, de lograr que su medular, atestada de fantasistas, atraiga a las zagas rivales para que dejen espacios y el depredador pueda darles la espalda y, con balones al espacio, conducir a Bélgica a punta de goles para pasar por encima de sus contendores, mientras él intenta paliar su insaciable apetito. Porque Romelu no solo corre en la sombra para ganar partidos, lo hace también para labrar su futuro y escapar de un pasado tortuoso y más oscuro que las sombras en las que él se camufla. Eddie Van Halen llegó, después de muchos discos, a grabar el mítico “1984”, instalando su nombre y el de su banda en los anaqueles del rock. Lukaku ya logró su primer cometido al igual que Eddie: llegó a los estudios de grabación y, después de varios álbumes, parece haber llegado su momento con la banda de la que tanto esperan todos. ¿Logrará grabar su “1984” sobre el firmamento ruso en el 2018?

Daniel Hinojosa

Editor/corrector de estilo. Narrador por catársis. Amante de la luz titubeante, que emana del foco averiado, en el polvoriento y lúgubre camerino del perdedor.

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