HistoriasLugaresCoria vs Gaudio, la final de los opuestos

Juan Pablo Gatti4 meses ago78510 min

Roland Garros siempre guardó un significado especial para los tenistas sudamericanos, ya que en este lado del mundo las pistas más comunes suelen ser las de polvo de ladrillo, justamente las que utiliza el único Grand Slam que se disputa bajo esta superficie. Así, desde el chileno Luis Ayala, subcampeón del torneo galo en 1958 y 1960, hemos sido testigo de grandes gestas épicas, como lo fueron, por ejemplo, los títulos del argentino Guillermo Vilas, del ecuatoriano Andrés Gómez o incluso el tricampeonato conseguido por el brasileño Guga Kuerten. Pero si hubo un encuentro que marcó un antes y un después en cuanto a rivalidad, intensidad y juego ese ha sido, sin lugar a dudas, la que disputaron en el 2004 los albicelestes Gastón Gaudio y Guillermo Coria.

La Argentina vivía por aquellos años una de sus mejores etapas dentro del circuito ATP. Si bien el tenis en tierras gauchas comenzó a jugarse de manera regular desde finales del siglo XIX, su explosión sucedió entre las décadas del 70´ y del 80´, cuando Willy Vilas apareció por todo lo alto, convirtiendo al deporte blanco en un fenómeno de masas a nivel nacional. Su magia, su manera de hablar, su estilo desenfadado y sus grandes rivalidades ante lo mejor de lo mejor (Bjorn Borg, John McEnroe, Jimmy Connors o Ilie Nastase) hicieron posible el crecimiento del tenis argentino, algo sumamente impensado hasta entonces.

Él y sus sucesores (José Luis Clerc, Alberto Mancini, Horacio de la Peña, Christian Miniussi o Javier Frana, entre otros) fueron los que terminaron de sentar las bases para que a finales de la década de los 90´ comenzara a surgir una generación que nació para “comerse al mundo”.

De repente, en todo el mundo ATP se empezó a generar la costumbre el ver a este grupo de argentinos luchar por cada título y por mejores lugares en el ranking. Durante la década del 2000 la Argentina llegó a tener nada menos que 21 jugadores en el top-100, y nada menos que once en el top-25. David Nalbandián, Guillermo Cañas, Mariano Puerta, Juan Mónaco, Franco Squillari, Juan Ignacio Chela, Agustín Calleri, Mariano Zabaleta, José Acassuso y en menor medida Carlos Berlocq -quien tendría sus momentos de gloria en la Copa Davis con el retiro de esta generación años más tarde- fueron conocidos como “La Legión”, un grupo de jugadores que arrasaban en los torneos, que llegaban a disputar finales entre si y que, por sobre todas las cosas, generaban rivalidades que muchas veces hicieron insostenibles los vínculos, algo que costaría incluso algunos títulos en la Davis. Pero, de entre todos ellos, surgieron dos voces cantantes y sumamente diferenciales: Coria y Gaudio.

La rivalidad

Guillermo Coria (nombre que le fue puesto por su padre justamente por Vilas) era un muchacho del interior del país (Rufino, Santa Fe) que desde el principio empezó a demostrar que estaba en el circuito para algo serio. Nunca dejó de manifestar que él quería ser el número uno y comenzó a jugar para ello, logrando convertirse ya en el 2003 en el mejor tenista nacional. Su estilo era sumamente pulido, sus golpes certeros y su defensa -sobre todo en polvo- era implacable. Por algo su apodo terminaría siendo el del Mago. Pero debido a sus actitudes en la cancha (donde solía realizar gestos burlones para con sus rivales) se ganó la enemistad de casi toda la legión. Pero quien de verdad no podía ni verlo de cerca era Gastón Gaudio (Temperley, Buenos Aires), quien era cuatro años mayor que el santafecino y que durante su adolescencia se había entrenado nada menos que con Vilas, quien lo llevaba a distintas exhibiciones alrededor del país. El Gato era un lírico del tenis, con una técnica depurada y un juego que hacía recordar por momentos al de su maestro, aunque tenía una mentalidad bastante difícil de llevar, lo que lo hacía perder partidos que ya tenía liquidados, algo que retrasó su explosión.

Quién mejor supo retratar esta rivalidad ha sido Alejandro Prosdocimi, quien escribió el exquisito libro “La Final”. Allí explica que el odio entre Coria y Gaudio nació en su primer encuentro, durante la final de Viña del Mar. Allí “ambos buscaban su primer título profesional del nivel ATP y Guillermo Coria le ganó con lo justo (4-6, 6-2 y 7-5) y le estampó con grandes ademanes el coreográfico festejo del por entonces goleador de River, el Matador Salas, en la cara, amén de otros gestos tribuneros y gritos de aliento desaforados durante el partido.”

Ese gesto fue el principio del fin para una relación que ni siquiera había comenzado. Una semana después, en Buenos Aires, Gaudio ganaría por 6-3 y 7-5 y festejó desmesuradamente…siendo apenas que estaban disputando los cuartos de final. Todo esto, como explica Prosdicimi, le vino bien a la prensa, ya que además del gran momento de varios jugadores habían logrado focalizar una rivalidad que dividiría al país y que generaría más ventas. Si bien se volverían a ver las caras nuevamente en Buenos Aires en el 2003 -triunfo del Mago por 6-3, 6-7 y 6-3-, el duelo bisagra se daría apenas tiempo después.

“Así estuvieron todos esos meses, paseando sus cuitas por todo el mundo, fermentando diferencias, con declaraciones teledirigidas de un entorno hacia el otro. Hasta que se volvieron a encontrar en una cancha en las semifinales del Masters Series de Hamburgo en 2003, donde, estando sets iguales, Coria pidió asistencia al fisioterapeuta de la ATP por calambres. Luego de un tratamiento relámpago, ese tipo que estaba para retirarse en muletas de la cancha salió mejor que nunca y ganó 6-0 el set decisivo. Cuando lo vio acercarse en una pierna para saludarlo en la red tras el punto final, Gaudio lo miró hecho una furia por lo que consideraba una actuación ventajera para cortarle el momentum y, ante una mirada de Coria, agregó enseguida: ‘¿Qué te pasa, pendejo de mierda? No me mires así porque te cago a trompadas, gil’” manifestaría en su libro Prosdicimi. Gaudio estuvo cerca de golpear a su rival, y entre varios tuvieron que separarlos. La fractura ya era insalvable, pero aún quedaría un capítulo, sin dudas el más rico de todos.

El camino

Coria llegaba al Grand Slam francés hecho una luz. Ya era número tres del mundo y reconocido por todos como el mejor jugador en canchas lentas. Por aquel entonces Roger Federer ya había irrumpido como número uno, aunque aún no era alguien destacado en esta superficie -este sería su primer Grand Slam como el mejor jugador del mundo. Además, jugadores como Kuerten o Juan Carlos Ferrero llegaban disminuidos físicamente y Rafael Nadal (quien tampoco era el dominador que es en la actualidad) fue baja. Los rivales parecían ser, sin dudas, Nalbandián, Chela, Cañas…y Gaudio.

En las primeras dos rondas el Gato sufriría para dejar afuera en cinco sets a su compatriota Cañas y a Jiri Novak (14°), mientras que Coria despachó cómodamente a Nikolai Davydenko y a un joven Juan Mónaco. Para este entonces jugadores de la talla de Andre Agassi, Andy Roddick y Ferrero ya le habían dicho adiós al certamen.

En tercera ronda Gaudio comenzaría a enderezar el rumbo, aunque Thomas Enquist sería un hueso duro de roer, no tanto como lo fue Mario Ancic para un Coria que ya se perfilaba como el ganador del torneo, hecho que varios periodistas expertos y casas de apuestas daban por sentado. Pero en la cuarta ronda todo comenzaría a cambiar. Si bien el de Rufino casi ni transpiraría ante Nicolás Escudé (6-0 y retiro), el del conurbano bonaerense ganaría por primera vez en tres sets ante Igor Andreev.

Llegamos a los cuartos de final, donde no estaba Federer pero si cuatro argentinos que soñaban con copar las semifinales, un hecho inédito. Quienes terminarían cumplieron serían Gaudio (6-3, 6-2 y 6-2 a Hewitt, a quien nunca le sentó cómodo el polvo de ladrillo), Coria (7-5, 7-6 y 6-3 en una “final anticipada” a Carlos Moyá) y David Nalbandián (6-2, 3-6, 6-4 y 7-6 a Kuerten), aunque el británico Tim Henman daría el golpe al vencer a Juan Ignacio Chela, negando ver un Roland Garros vestido enteramente de celeste y blanco.

En semifinales ninguno de los dos pasaría demasiados contratiempos. Coria obtendría el triunfo “lógico” ante Henman, mientras que Gaudio volvería a dar el golpe venciendo al cordobés de Unquillo, sin dudas otro de los grandes personajes que dio esta generación.

Ahora sí, la final del morbo estaba servida. La rivalidad tendría su punto máximo en París.

La final

Cuando salieron al court estaba claro que ya se sabría al ganador desde un principio. Coria había jugado un tenis maravilloso durante esas dos semanas y encima no había sentido complicaciones con su físico, tema que lo preocupaba bastante. Gaudio, 44° del ranking, había llegado lejos, quizás demasiado, y ya no se esperaba mucho de él, solo que pudiera hacer que el partido durase lo suficiente.

Y de hecho el encuentro comenzó siendo un baile a favor del Mago, quien era una muestra de lo que en los años venideros demostraría ser Nadal: corría todas las bolas, metía golpes imposibles y hacía que Gaudio se sintiera frustrado con cada golpe, ya que debía matar varias veces a su rival para ganar un solo punto, algo muy desgastante tanto física como psicológicamente.

El primer set se terminaría con un rápido y contundente 6-0 y el segundo acabaría 6-3, con un Gato que comenzaba a reaccionar, aunque parecía no ser suficiente para frenar a una fuerza indetenible. Coria iba por todas, como queriendo dejar un mensaje muy claro: “aquí tienen a su nuevo número uno”.

Pero si esta final es recordada no es solo por haber enfrentado por única vez en la historia a dos sudamericanos en un torneo grande, sino por como el juego se fue convirtiendo en una gran partida psicológica.

Gaudio comenzó a crecer de a poco y Coria, en un momento, se derrumbó con la partida casi ganada. Vino el médico y lo trató por calambres, algo extraño ya que parecía que casi no había sufrido desgaste en el poco tiempo que llevaban de partido. El de Temperley ganaría 6-4 y 6-1 los dos sets siguientes, inesperado.

Coria, que ya sacaba parado -como si fuera un novato que recién empezaba en el tenis-, se había roto. El tener tan cerca el título parece haber sido el causante principal de su malestar físico. Aunque el quinto set no sería, ni de lejos, un baile.

Golpe a golpe, barridas por toda la cancha, reveses a dos manos, slice para hacer correr a su rival. La final no era algo estéticamente hermosa, pero era sumamente emotiva. Allí estaban ambos, odiándose mutuamente y a si mismo por no saber llevar como quisieran el partido.

Los hinchas, que pensaban que se retirarían pronto del court al inicio del encuentro, se atornillaron a sus asientos para vivir un espectáculo, digno de las mejores finales de Grand Slam. Era emoción pura.

Llegados al final del partido Coria tuvo incluso chances para ganar el duelo, pero su mente ya lo había abandonado hacia bastante tiempo. Nada quedaba de ese jugador tan seguro de si mismo. Este sería el último partido del Mago en su mejor nivel. No solamente perdería 8-6 el quinto set, sino que este cotejo supondría el virtual final de su carrera, ya que nunca más volvería a ser el mismo. Apenas pudo ganar un título en el 2005 para cerrar su carrera con nueve en total, algo pobre pensando su proyección como futurible número uno del circuito.

A Gaudio, en cambio, este triunfo le daría un impulso para tener un gran 2005, obteniendo cinco certámenes, llegando a ocho en total; finalizando la temporada en el quinto lugar en el ranking, aunque tampoco se mantendría mucho más en el circuito, retirándose oficialmente en el 2011.

Sin dudas, Roland Garros 2004 marcó un antes y un después en toda una generación. Dos de los puntales de la legión, como lo fueron Gaudio y Coria, serían apenas una parte de un ciclo inolvidable y seguramente irrepetible. Ninguno de los argentinos lograría estabilizarse dentro de los mejores en los años venideros -aunque Nalbandián tendría la carrera más memorable, en cuanto a triunfos se refiere- hasta la llegada de Juan Martín del Potro, el heredero de un grupo que iba en malón por el mundo y que demostró que, a veces, el odio puede ser motor de superación.

Juan Pablo Gatti

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