ColumnasOpiniónJuego antes que títulos

Irati Vidal2 meses ago11279 min

“Señores, esto que ven es el tiqui-taca y es una mierda. Este tipo de posesión no nos interesa nada. Es la intrascendencia pura. Es pasarse la pelota porque si. Lo que necesitamos es que nuestro mediocentro y nuestros defensas salgan agresivamente y rompan las líneas del rival para colocarnos todos bien arriba”.

Es 16 de setiembre de 2013 y Guardiola acaba de definir su estilo en pocas palabras. Hace un par de meses que ha llegado a la capital alemana y las cosas no funcionan como querría. Los jugadores no acaban de asimilar su táctica y la prensa empieza a ponerse en contra de la forma de hacer del catalán, que gana pero no convence.

Cualquier resultadista hubiera seguido apostando por el mismo equipo, por el mismo juego. Pero él no. Porque a Pep no solo le importa el qué. A él también le importa el cómo. Y mucho. Es de aquellos enfermos del fútbol que siempre intentan ir un poco más allá. De los que entienden que los equipos juegan para enamorar a sus aficiones. Y eso, solo se consigue con un estilo atractivo; el punto fuerte a la par que débil de la trayectoria de Guardiola como entrenador.

Porque para muchos, el hecho de que el de Santpedor haya transformado el fútbol como lo ha hecho no es suficiente. No son capaces de agradecerle el legado que nos deja. Ni el que prolonga. Solo él supo darle continuidad (y una vuelta más) al fútbol de Cruyff y Sacchi. Solo él fue capaz de coger a un equipo destruido y convertirlo en la envidia mundial. Bien es cierto que el Barcelona de Iniesta, Xavi, y Messi hubiera ganado de todas formas. O no. Porque el juego desplegado durante la era Guardiola fue el sello distintivo que les llevo a la gloria. Y hoy, ya lo echan en falta.

Por eso, cuando llegó al Bayern de Munich, de él se esperaba más identidad y juego que títulos. Allí ya los tenían todos. De hecho, el equipo acababa de conquistar el triplete. Pero la directiva quería algo más, quería un estilo reconocible y perdurable en el tiempo. Por eso, los alemanes, que de fútbol entienden algo, no dudaron en llamar al catalán, que aceptó el reto.

No fue fácil cambiar el estilo de juego del por entonces campeón de Europa, pues no es lo mismo dirigir a futbolistas criados bajo el ADN Cruyff que enseñar un nuevo idioma a jugadores consagrados. Los Lamh, Martínez, Rafinha y compañía tuvieron que regenerarse y adaptarse al nuevo fútbol que proponía Guardiola. Su error fue querer parecerse al Barça. Empezar a pasar el balón porque sí, sin intención. Hasta que Pep les dijo basta. Aquello no era lo que él quería del equipo. Ni del Bayern, ni de nadie. Muchos le han atribuido el tiqui-taca. Pero él lo odia, dice que no tiene sentido alguno, que los pases tienen que tener siempre una intención.

Por eso ninguno de sus equipos juega igual. Todos se defienden con el balón y prefieren atacar antes que defender. Pero antes de aplicar algo, Pep estudia a sus conjuntos hasta la saciedad hasta dar con la tecla de la excelencia y les convence de ello. Así fue capaz de reconvertir al Barça, con Messi de falso nueve. Así, transformó la estéril movilidad de balón del Bayern y convirtió al conjunto alemán en una apisonadora. Y así, ha convertido al Manchester City en una maquina de jugar al fútbol. Ha fallado en la eliminatoria europea, cuando todo el mundo se esperaba una exhibición, sí. Pero nadie puede achacarle a Pep el haber jugador mal. Porque sus equipos cuando pierden lo hacen con un estilo envidiable. Y siempre, siempre, dan la cara con alguna nueva solución made in Guardiola.

Irati Vidal

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