5Darlo todo no cambia nada

Juan Camilo Ortiz Villa6 meses ago6792 min

No creo que haya jugado siquiera 50 minutos en cuatro temporadas ni que haya estado en más de dos partidos. Incluso, no le recuerdo una sola atajada. En todo caso, no me tomaré la molestia de verificar estos datos, pues sin importar que haya hecho o no, nada hubiera cambiado. Aun así, Rubinho es de los pocos que ha sido campeón en una de las ligas más importantes del mundo en cuatro oportunidades consecutivas.

Siempre al lado del campo, el brasileño acompañó a la Juventus en campañas históricas, no solo por su hegemonía, también por las particularidades de cada una. Hizo parte, con diez minutos en cancha, del título de 102 puntos; con otra breve participación, fue ganador de todos los partidos en casa la temporada siguiente; sin pisar nunca el césped, fue campeón de la remontada en 13 partidos de una Vecchia Signora que parecía en crisis al comienzo.

Rubinho contó con la fortuna de estar en Italia, donde el año que llegó fue permitido llevar hasta 12 suplentes. No era extraño, entonces, que el equipo bianconero contara con dos arqueros en el banco, permitiéndole al brasileño acumular 109 convocatorias. Sin embargo, su presencia no era realmente manifiesta: nunca lo enfocaban las cámaras ni era considerado para entrar. En realidad, cuando lo mandaban a calentar era solo para quitarle el frío.

Pero no solo por eso fueron llamativas sus entradas al partido. En los escasos minutos en los que estuvo en el estadio sin abrigo, por muy irrelevantes que fueran, lo dio todo. Las contiendas en las que participó eran un simple trámite, pues su equipo ya era campeón por matemática. Además, sin importar su actuación, jamás se le habría garantizado un mejor puesto en el equipo. Así lo diera todo, y en verdad lo hacía, nada iba a cambiar.

Es difícil imaginarse a un portero poniendo toda su vehemencia en el campo si no le patean al arco. Las únicas demostraciones de su entrega entonces, eran sus corridas para evitar los tiros de esquina y sus cálculos en los saques de meta. Era lo que podía hacer, en todo caso, intrascendente. Hiciera esto o no, tendría los mismos títulos y los hinchas lo habrían ovacionado de la misma forma cuando anunciaran su nombre para recibir el trofeo.

Fue reconfortante, por lo menos, aquella demostración de Rubinho. Su paso fue un suspiro tranquilizante sobre un fenómeno más allá de los contratos. Sin nada que perder ni ganar, nos recordó el impulso que originó el mayor espectáculo del mundo, esa pulsión inconsciente, ese deseo infantil irreprimible: la pasión por el fútbol.

Fui uno de los miles que lo aplaudió al final de cada temporada, seguro de que la mayoría de esos hinchas lo olvidarían en algunos años. En su impotencia y sus escasos minutos de juego, merecía el reconocimiento por exponer uno de los fundamentos de nuestro amado deporte: que es una manifestación de la humanidad y que, aun cuando no vemos por qué, sigue valiendo la pena darlo todo.

Juan Camilo Ortiz Villa.

Juan Camilo Ortiz Villa

Redactor, aficionado al cine, amante del fútbol. Humano con la tendencia a corregirse y el privilegio de equivocarse.

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