5El samurái del arte perdido

Daniel Hinojosa3 meses ago12377 min

El samurái reposa sobre una roca cubierta de musgo al interior de un profundo bosque cuyo interior parece haberlo absorbido. Su mente no da tregua en un viaje trepidante que lo lleva de idea a idea. Desde las cuestiones estilísticas que han acabado por relegar el efectivo triangulo ofensivo de Phil Jackson hasta el porqué del consistente sabor opaco y exquisito de la mantequilla de maní. Mientras, una voz tenue no para de susurrarle al oído que mantenga un ojo fijo sobre su hombro izquierdo. Los samuráis han sido instruidos para transitar por la vida con la preocupación indeleble de que están expuestos a morir en cualquier segundo. En el alma del guerrero se dilucida una dicotomía fascinante entre el sosiego extralimitado y la carencia de miedo a arriesgarlo todo defendiendo su causa, a sabiendas de que, en caso de morir por esta, debe partir a la infinidad sin arrepentimiento alguno.

Este guerrero milenario, defensor a ultranza de un arte perdido, lleva en el extenso kimono azul que viste un bordado que versa su nombre de pila: “Carmelo”. Todos lo hemos visto en combate. Acudir a sus faenas es similar a rendir culto a una obra de arte inmaculada del renacimiento. Igualmente, todos sabemos qué sucederá. El samurái se detendrá en la esquina derecha del perímetro, esconderá el balón bajo su ala y lo sostendrá como si fuese un péndulo de fuego. Dejará que flote entre el suelo terrenal e impuro y el aire, al que tomará como aliado, para volar cual cometa a velocidad centrifuga en busca de su punto de llegada: un enjambre de redes a 10 pies de altura.

Él conoce todas las críticas. Las podría recitar de memoria como una plana en clases de primaria. Y sin embargo prefiere callar. Callar y seguir cultivando un arte que nadie más quiere, porque nadie más está dispuesto a trabajar tanto pudiendo escapar por la tangente de moda. Nadie quiere endosarle a su técnica de combate unos segundos de más para trabajar la jugada porque en este siglo el tiempo es un café en una mesa a la intemperie en Groenlandia. La velocidad en la que ese café deja de humear es el ejemplo perfecto de un tiempo presuroso donde el samurái se siente apabullado. La paradoja de querer leer un libro de Tolstói cuando los demás esperan resúmenes y novelas gráficas.

Lo que lo hace saltar al parqué cada noche es un hambre irrefrenable. Cuando esta travesía, que ya lleva quince años, finalice, ese ardor seguirá quemándole con azufre en la boca del estómago. Porque será igual que el político independiente que intenta luchar contra la máquina: no tendrá descanso, aunque sepa que poco podrán trascender sus palabras, lágrimas y callos. Es un deber moral que no ve circunstancias, ni años ni lugar. Por ello, quienes han tenido el honor de asistir a las exhibiciones del samurái en Denver, Nueva York y Oklahoma, tendrán una fila preferencial en el juicio final: La hilera de los premiados por Dios.

Daniel Hinojosa

Maestro de banquetes no masón y escritor. Como bien dijo Raymond Carver, ése es el don que me conmueve, que me sostiene, esta mañana, igual que todas las mañanas.

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