HistoriasLugaresEl partido que cambió la historia

Juan Pablo Gatti6 meses ago11035 min

Si bien siempre se ha dicho que el fútbol es un deporte extremadamente machista, no se puede negar que las mujeres hace años han tomado un protagonismo relevante en el mundo del balón. Y es que no solamente se las puede ver alentando en los estadios o con un micrófono en mano, sino que también se han organizado para generar torneos profesionales o han reclamado incluso su lugar en clubes poderosos como Boca Juniors, River Plate, Barcelona, Juventus o Paris Saint-Germain. La FIFA ha tomado buena nota de este crecimiento exponencial y ha comenzado a organizar su propia Copa del Mundo en 1991, pero sería ocho años después, en Estados Unidos, donde las féminas demostrarían que el fútbol también les pertenece. 

Las norteamericanas, a diferencia de su pares masculinos, se han mostrado desde siempre como una fuerza dominante en esta disciplina. Ellas se alzaron con el primer campeonato mundial de la historia (en China) y en 1996 hicieron lo propio con los JJOO disputados en Atlanta, -cabe destacar que a los olímpicos si van las mejores jugadoras, no como en la rama masculina, donde solo disputan el torneo los Sub-23 más algunos refuerzos-, los primeros donde las mujeres fueron parte. Y en su casa no solo demostrarían que seguían siendo las número uno, sino que tras de si atrajeron a un alto número de espectadores (que colmaron cada estadio), algo que parecía una utopía tiempo atrás. Incluso Joseph Blatter expresó en el informe final del campeonato que “en muchos aspectos este torneo ha sido más exitoso que el Mundial masculino de hace cinco años”.

El certamen se iba a disputar, en principio, en estadios pequeños, pero cuando se vio el enorme éxito que tenía el Team USA en los torneos internacionales y el arrastre de público y publicidad que generaban se decidió que se jugaría prácticamente los mismos recintos que se utilizaron para el torneo en donde a Maradona le cortaron las piernas. La apuesta salió redonda: asistieron casi 1,2 millones de personas al torneo (37.350 de media). Hasta el propio Bill Clinton fue un asistente usual de los encuentros.

El New York Times comprendía el cambio que se generaba gracias a aquel impulso, diciendo: “había tan pocas noticias e interés público en la victoria americana en la Copa Mundial Femenina inaugural de soccer de 1991 en China que pocas personas sabían que los Estados Unidos tenían un equipo, mucho menos que era el mejor del planeta. Ocho años después, el Mundial está viniendo a los Estados Unidos y el torneo de 16 equipos lleva la facturación de marquesinas como el evento deportivo más grande que se haya celebrado exclusivamente para mujeres. No habrá necesidad de mandar faxes, o incluso e-mails, porque todos los 32 partidos serán televisados por la ABC, ESPN e ESPN2”.

Cuando la pelota comenzó a rodar en un Giants Stadium con más de 78.000 personas en las gradas ya nadie dudaba de que el fútbol femenino había llegado para quedarse. Ellas también jugaban de manera táctica, presionaban, buscaban goles gracias a jugadas preparadas o generaban magia en cada pisada. No solo las norteamericanas mostraban su entendimiento del juego gracias a los años que tenían jugando juntas (Kristine Lilly, Mia Hamm, Julie Foudy o Joy Fawcett contaban ya con diez o más años en el seleccionado), sino que también aparecieron otros conjuntos sumamente potentes, como la barredora china, las mágicas brasileras, una Alemania que reinaría en las temporadas venideras o conjuntos nórdicos como Suecia y Noruega que darían aún más pasos en lo que al fútbol femenino se refiere (las segundas, por ejemplo, comenzarán a ganar lo mismo que los hombres en el seleccionado, siendo precursoras en esta lucha).

La final sería entre las dos potencias del momento, las locales y China. Las Yanquis arribaron al cotejo final luego de pasearse en la fase de grupos (3-0 a Dinamarca, 7-1 a Nigeria y 3-0 a Corea del Norte) y sufriendo un poco más para dejar en el camino a dos equipazos como lo eran Alemania (3-2) y Brasil (2-0), mientras que las Rozas de Acero de Sun Wen, Jin Yan o Liu Ying lo hicieron dando espectáculo: Suecia (2-1), Ghana (7-0), Australia (3-1), Rusia (2-0) y Noruega (5-0) habían caído como si nada. No solo tenían gol sino que su defensa se mostraba tan inexpugnable como la propia muralla china.

El encuentro por el oro mundial fue una verdadera fiesta; y la demostración final de que todos los prejuicios sobre las mujeres y el fútbol se habían roto de manera definitiva. El Rose Bowl se mostró a pleno con más de noventa mil almas que alentaron hasta el final a las suyas, y si bien China estuvo cerca de aguar la fiesta en el suplementario (había gol de oro en aquel entonces), las norteamericanas pudieron mantener el encuentro con un empate a cero hasta el final, para ganarlo finalmente en los penales 5-4 -solo falló Liu Ailing- y coronarse campeonas mundiales por segunda vez en su historia.

Sin embargo, lo más importante de ese 10 de julio de 1999 fue la confirmación de que las mujeres merecen más y mejores condiciones. No basta con que tengan su propio Mundial o disputen torneos de nivel como la Champions League o la Copa Libertadores, sino que se les debe dar mayor trascendencia en los medios, mejores salarios y que más países se sumen para que todos puedan darse cuenta de que no hay un solo mundial que paraliza al mundo cada cuatro años.

Juan Pablo Gatti

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

http://thelinebreaker.co/wp-content/uploads/2018/07/TRANSPARENTE-150x150-1.png

The Line Breaker © 2017-2018 Copyright. All Rights Reserved.

Creative Commons License