5Ver cumplir una vieja promesa

Daniel Hinojosa4 meses ago12883 min

La burocracia secuestró a la retina. Ese mal endémico, personificado por tipos con nariz fileña y gel a raudales, pecó, esta vez, por omisión. En una mesa de encorbatados secuestradores reposó durante semanas una hoja en blanco que representaba la espera de un mensaje. La junta directiva de Golden State hizo caso omiso a la declaración de fidelidad de Rick Barry quien, al recibir el flagrante coqueteo de aquella precoz y atractiva dama que era la naciente ABA, decidió esperar una contraoferta proveniente de casa.

Es 1967. El afamado quinteto de Londres canta Yesterday’s Papers en escenarios abarrotados de pueriles féminas transpiradas que juegan a reventar sus cavidades bucales, Jimmy Johnstone abandona Lisboa cargando la Copa de Europa en hombros de una marea verde y Rick Barry permanece impasible sentado en la mesa de madera contigua al comedor de su casa. Solo articulaba gesto alguno para peinarse el copete cuando le caía sobre los ojos y le impedía seguir mirando fijamente a la nada. En el espectro que lo rodea no vuela una mosca. Seguramente Pam está con Bruce, su padre, celebrando la inevitable reunión de la familia en los Oakland Oaks.

Rick sigue aguardando una carta que no llegará. La tortuosa espera de la misiva le hace pensar en las viudas de la segunda guerra. Y no, a pesar de tener que afrontar un día que la señal de vida jamás arribaría al buzón de casa, ellas no tuvieron reparo en seguir. ¿Si ellas no lo tuvieron, porqué habría de tenerlo él?

Se levantó de la silla de un tirón y la batió contra la mesa, revelándose contra su episodio de nostalgia; permitido para humanos, no para él. Tomó la chaqueta café que reposaba sobre el diván y puso rumbo a las oficinas del equipo. Más tarde ese mismo día abandonó el edificio con los ojos hinchados de no llorar. Oficialmente, la burocracia había secuestrado la retina de los fanáticos de la bahía de San Francisco.

Un pensador iraní de apellido Ahmad dijo que hay que dejar hablar al sufrimiento para escuchar la verdad. Y la verdad era que Frank Mieuli, dueño del equipo, no estaba listo para dejar ir a Rick. Su tristeza se tradujo en un símbolo, un silencio y una promesa. El silencio fue el llanto a solas de su corazón durante días. El símbolo fue un kilo de carga emocional muda: una camiseta con el dorsal 24 y el apellido Barry colgando en una pared de la oficina. La promesa fueron las acciones, ocho años después, de un padre amoroso que anhelaba tener a su niño con él.

Como en aquella conocida historia de la biblia, el regreso del hijo pródigo se tradujo en una estruendosa fiesta. Esta fue ofrecida para conmemorar que la gallardía, el vuelo y el tiro de cucharita del infante de 31 años llevaron, el 25 de mayo de 1975, a su equipo a alzar su primer anillo de oro al vasto cielo estadounidense. Esa noche se cumplió una vieja promesa.

Daniel Hinojosa

Escritor; de preferencia, narrador. NBA, como pasión y como cruz. Un triple de Rambis, un jonrón de Bartolo, un servicio de Chang y una sonrisa de Kahn.

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