The LinesThe Lines 2La vie sans Tony

Daniel Hinojosa9 meses ago20574 min

Se dice fácil que la vida sin baloncesto, en Francia, podría estimular a muchísimas mentes para darse prisa en la inscripción a seminarios de reconocimiento sociocultural de los tentáculos de la revolución en la vida contemporánea. Muchos cambiarían la frecuencia de la cajita negra, pasado el mediodía, para suplir la pelota anaranjada con la repetición de turno de “Ratatouille” o un documental sobre la vida de Catherine Deneuve. Puede que otros opten por redimir el cupón promocional, rasgado y condenado al último cajón en el mesón, para aprender catequesis o los misterios en la elaboración del baguette. No faltaría que aquellos seguidores fervorosos, esos que gritan improperios a la caja negra cada que un rival anula a su mesías, dividieran sus caminos por dos afluentes antónimas: unos monetizando la inocencia del foráneo al que le pedirían una cuantiosa cuota por dejar su candado en aquel famoso puente, y otros teorizando —a viva voz, con las mejillas enrojecidas— sobre sandeces carismáticas como qué habría cambiado en la simbiosis del mundo Star Wars retirando al personaje de Chewbacca. Algunos, para combatir la ansiedad y el vacío, serían Kate Winslet en “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”, salvo que su limpieza de recuerdos se efectuaría con el método más primario posible: un cacerolazo seco directo a la sien, ante la ausencia de oficinas de Lacuna Inc. en territorio francés.

La imprevista existencia sin baloncesto se consumaría después del aviso airado, desde su jardín, de un enfurecido parisino al enterarse de la existencia de la mejor versión de mejillones en salsa de cebolla con patatas fritas que el mundo haya visto, servido en un restaurante de fachada colonial a las afueras de la ciudad, regentado por un joven imberbe y entusiasta que rescató la receta auténtica de un libro del siglo XIX y le incrustó un toque personal secreto; y el plato, para colmo, solo es ofrecido entre las 2 y las 4 de la tarde. El gesto causaría gracia a un vecino que lo grabaría para difundir el metraje en redes sociales. La empatía del personaje contagiaría almas por doquier. Primero en París, luego generando risas entre colegas que comparten una cerveza en un bar de Toulouse y acabaría sorprendiendo, con una versión caricaturizada del enfado, al ser protagonista del cotilleo en clase de los niños en los colegios de Lille. Gran parte de Francia iniciaría un peregrinaje sin precedentes para probar aquella exquisitez, abandonando la cita fiel con el sofá para ver al pequeño general, con dorsal número 9, librar una nueva batalla. El movimiento, más que una exaltación de la tradición culinaria francesa, sería una oda al tiempo libre. Tiempo que, directa o indirectamente, ha coartado William Anthony Parker Jr. con sus despliegues descomunales a diestra y siniestra como, por ejemplo, aquellas faenas en Cleveland durante el verano del 2007.

Con la pelota anaranjada fuera de plano, a lo mejor algún visionario pensaría que la sociedad replantearía su cause y los filólogos volverían a tener la relevancia de otrora, por tanto, envalentonado junto a cajas de taurina líquida, se embarcaría en la tarea de devorar los volúmenes enteros de las obras de Víctor Hugo y los siete tomos del tiempo perdido de Proust. No pocos fieles excomulgados zanjarían las excusas para aprender esgrima, asistir a muestras de chocolatería fina, tomar lecciones de latín, regentar con ahorros familiares un cinema que proyecte clásicos sesenteros, comercializar réplicas de Van Gogh o evitar el bochorno del tráfico matutino caminando al trabajo y reflexionando sobre cada detalle a golpe de introspección, al igual que Ulises. Sería un mundo demasiado bohemio y raramente bello por el cual ninguno cambiaría el llanto ahogado y reconfortante de sentarse, un domingo por la tarde, a consumir videos antiguos de Parker, Duncan y Ginóbili fundidos en un abrazo.

El pánico que cunde por las calles francesas pasa por perder el encendedor que dispara el fuego para fumar el cigarro de la hora del almuerzo. El placer culposo de sufrir, llorar, reír y gritar de la mano de un caballero de armadura blanca y negra que galopa sobre un parqué a 7.600 kilómetros de distancia. Por tanto, perder esa montaña rusa de sentimientos a causa de la tranquilidad de una vida magistral no entra en los planes de ningún desquiciado. Hasta que, más pronto que tarde, el destino y la edad del protagonista acaben por obligar a todos a cambiar de planes y a concebir las tardes con la caja negra apagada y empolvada, teniendo que, verdaderamente, dedicarse a cumplir sus sueños; un rompecabezas sin manual al que siempre le faltan piezas. Habrá que enfundarse una bufanda rosácea larga, un gabán infinito y botas café para ver, por enésima vez, las señoritas de Rochefort en un cinema rústico a cuatro calles de casa. Habrá que acarrear una vida sin disfrutar de Tony Parker. Habrá, por tanto, que vivir de mala manera.

Para leer la versión original, ingresa al segundo número de la Revista The Lines.

Daniel Hinojosa

Editor/corrector de estilo. Narrador por catársis. Amante de la luz titubeante, que emana del foco averiado, en el polvoriento y lúgubre camerino del perdedor.

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