The LinesThe Lines 2El hombre que encontró su identidad

Juan Pablo Gatti8 meses ago11144 min

Dimitrov ganó el ATP Finals en su primera participación. Pareció una sorpresa, aunque en realidad fue la confirmación de que el actual número tres del mundo pudo, por fin, liberarse de todo lo que le hacía mal para encontrarse con quien realmente es.

La ciudad de Haskovo (Bulgaria) es pequeña pero acogedora. Rodeada de verde, casas con un tinte de antigüedad y mucha cultura, no pareciera ser el hogar perfecto para albergar al jugador búlgaro más grande de todos los tiempos; mas bien pareciera ser la clase de lugar donde surgen los filósofos y pensadores. Pero quizás esa belleza que rodea a un lugar que no supera los cien mil habitantes si tenga que ver con lo que hace Grigor Dimitrov partido a partido: su revés de fantasía, sus slices estilízados, sus golpes a las líneas que anota de manera quirúrica son su carta de presentación en cada circuito; y más ahora que pareciera haber dejado sus demonios atrás para centrarse de lleno en lo que mejor hace: jugar un tenis de calidad y ser una piedra en el zapato cada vez más pesada para los jugadores top. Aunque, primeramente, debió luchar ante si mismo para lograrlo.

Y es que desde que comenzó a destacarse en los torneos ATP se lo ha comparado nada menos que con Roger Federer, diciéndose incluso que sería su sucesor. Y es que Dimitrov tiene un arsenal de golpes comparable con el del suizo, siendo uno de los jugadores con mayor técnica en el circuito. Pero el tener que demostrar torneo a torneo que justamente el mote de “Baby Federer” no era casualidad fue algo que no pudo soportar, y con total razón, dado que todo lo que se decía de él lo afectaba psicológicamente, a tal punto de querer parecerse más a ese personaje inalcanzable que a buscar ser él mismo en cada pista. También haber sido pareja de María Sharapova -entre el 2013 y 2015- lo encasilló. El apodo “bebé” comenzó a ser peyorativo, debido a que muchos lo veían como a un niño que nunca terminó de explotar dentro del circuito. Pero todo cambió el año pasado cuando otro joven se puso a su lado para llevarlo por buen camino.

El entrenador
El venezolano Daniel Vallverdú pudo ser un buen tenista, pero una lesión lo obligó a retirarse con apenas 23 años. De todos modos, esta terminaría siendo una desgracia con suerte, ya que su amigo Andy Murray, a quien tuvo la suerte de conocer en la Academia Sánchez-Casal en Barcelona -era su pareja en dobles cuando ambos eran jugadores juniors-, le preguntó si quería acompañarlo en los torneos, a lo que respondió afirmativamente. Vallerdú ha sido rival de entrenamiento, veedor de rivales y hasta entrenador durante los cinco años en los que duró la relación profesional junto con al escoces, estando presente en los grandes momentos del despliegue definitivo de Murray, como lo fueron la medalla de oro en Rio, el US Open en el 2012 y el tan anhelado Wimbledon en el 2013, cuando fue el primer británico en lograrlo en más de 80 años.

Luego de esta experiencia pasó a formar parte del equipo del checo Tomas Berdych, a quien ayudaría a lograr el cuarto puesto en el ranking. No es de extrañar entonces que quien tocase a su puerta fuera un desmotivado Dimitrov.

“Hubo cosas a mi alrededor que no eran las más adecuadas y había perdido la inspiración” expresó a principios de año el búlgaro de 26 años, quien estaba harto de todo. Pero fue justamente Vallverdú quien supo llevarlo por el buen camino, demostrándole al mundo que el hombre de Haskovo era más que solo lindos gestos técnicos.

El despliegue
El venezolano trabajó muy duro a finales del 2016 y durante los primeros compases de esta temporada para vaciar la mente de Dimitrov, a la vez que lo hizo con su entorno. “Tuvo que aprender a diferencia qué era bueno y qué era malo. Tardó un poco, pero ahora su entorno está bastante limpio y no tiene nada fuera del tenis que esté molestándole” manifestó su entrenador para El País de España. Y es que él sabía que su pupilo tenía un enorme potencial oculto: solo había que sacar las capas externas e internas que lo tapaban.

Así, vacío de mente y entorno nocivo, Dimitrov consiguió cuatro títulos: Brisbane, Sofía, el Masters 1000 de Cincinnati y la frutilla del postre, el ATP Finals en su primera aparición en el Torneo de Maestros. Su índice de victorias pasó del 61% al 72% (record 49-19), siendo un jugador colosal en pista dura (39-11). El diestro terminó el 2017 nada menos que en el tercer lugar del ranking, solo por detrás de los colosos Rafael Nadal y Roger Federer. Si bien es cierto que ayudó que otros enormes jugadores como Novak Djokovic, Andy Murray y Stan Wawrinka estuvieran de baja durante gran parte del año, lo cierto es que el mérito de meterse entre los mejores es solamente suyo.

Hoy estamos ante un jugador mucho más completo tanto técnica como físicamente, con mayor repertorio de golpes pero, sobre todo, mucho más seguro de si mismo. El actual número tres del circuito ya no va a los torneos “a ver que pasa”, porque entiende que este es su lugar, ganado a pulso y habiéndose liberado de los fantasmas interiores. Dimitrov encontró su identidad: solo tenía que ser él mismo.

Para leer la versión original, ingresa al primer número de la Revista The Lines.

Juan Pablo Gatti

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